01 enero 2006

El Predicador III ©


* Capítulo 7 de Eclesiastés.

El carácter cada vez más proverbial de los capítulos que siguen, nos obliga a considerarlos de manera mucho más detallada.

Este capítulo introduce un nuevo tema, que se podría titular.

La conducta de la sabiduría en medio de un mundo tal como ha quedado a causa del pecado, es decir, en medio de lo que sólo es vanidad, dolor y locura.

En los versículos del 1 al 9 del capítulo 7 de Eclesiastés, vemos que en este mundo hay cosas que tienen más valor que otras.

A pesar de todo el desorden y de la ruina, el sabio se esforzará en buscarlas para aprovechar de ellas.

Ya hemos visto un pensamiento parecido en el capítulo 4 de Eclesiastés, versículos 9 al 14.

En los versículos que considero ahora, las cosas provechosas son enfatizadas mucho más y se encuentran en directa oposición con lo que el mundo escoge o prefiere.

El sabio, necesariamente se halla aislado en un mundo en el que reina la muerte, el fruto del pecado.

Pero esta misma escena ofrece cosas mejores.

Estas cosas mejores que se presentan son 7, cifra que habla de las cosas completas.

“Mejor es la buena fama que el buen ungüento”. Eclesiastés 7:1.

En Proverbios 22:1, la buena fama entre los hombres es de más estima que las muchas riquezas.

Aquí ella es considerada como con los ojos de Dios y, delante de él, vale más que el ungüento con el cual eran ungidos los sacerdotes para consagrarlos a su servicio (Éxodo 30:23-33).

La actividad del sabio debe comenzar por la buena fama.

“… y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento”. Eclesiastés 7:1.

Este pensamiento sigue al primero.

Llegar al día de la muerte habiéndose consagrado realmente a Dios, vale más que la entrada en este mundo.

Dos veces en la vida del sabio, el mundo le había hecho desear no haber nacido nunca (Eclesiastés 4:3 - Eclesiastés 6:4, 5).

“Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón”. Eclesiastés 7:2.

En este mundo, donde domina la muerte, la casa en la cual entró el luto es mejor que aquella en la que reina la alegría.

Al sabio le conviene frecuentar la primera, porque allí se encuentra con la realidad, con el final de todo hombre, como consecuencia del pecado que reina en el mundo.

El que vive pone esto en su corazón, ve dónde termina todo el trabajo del hombre y no alimenta esperanzas y proyectos que la muerte puede aniquilar.

“Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría”. Eclesiastés 7:3, 4.

Contemplar el pesar de otro, ver correr sus lágrimas, mejora el corazón, lo dispone a manifestar simpatía, lo impulsa a ofrecer consolación.

Es así no sólo para el que ve sufrir, sino también para el que sufre.

Mediante la tristeza del rostro, Dios obra en el corazón del hombre para hacerle hallar cosas mejores.

Así dispuesto, el corazón de los sabios se encuentra, pues, en la casa del luto, ése es el lugar en que los afectos pueden ser ejercitados.

El corazón de los necios no conoce nada de estas bendiciones; se conforma con la alegría de un instante.

¿Qué permanecerá de ella?

¿No lo señala el mismo texto del Eclesiastés?

El Señor estima como bienaventurados a los que llevan luto, porque serán consolados (Mateo 5:4).

Y el creyente recibe una bendición de parte del Dios de toda consolación, y esta consolación es eterna (2 Tesalonicenses 2:16).

“Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios. Porque la risa del necio es como el estrépito de los espinos debajo de la olla. Y también esto es vanidad”. Eclesiastés 7:5, 6.

Los sabios aprovechan de todo aquello que han experimentado y lo utilizan para conducir a su prójimo por el camino recto.

Ellos han adquirido la autoridad para reprender y corregir.

Es mejor escucharlos y aprovechar sus consejos que oír la canción de los necios, pues ésta es agradable a los oídos, pero no tiene más sentido que el que la entona.

La risa del necio es efímera, se extingue tan pronto como el fuego hecho con espinos debajo de la olla, el cual arde y flamea sólo unos instantes.

Luego, todo vuelve a caer en el silencio de la muerte.

Esto también es vanidad.

“Ciertamente la opresión hace entontecer al sabio, y las dádivas corrompen el corazón. Mejor es el fin del negocio que su principio”. Eclesiastés 7:7, 8.

En este mundo existen dos peligros que acechan al sabio.

El primero es la opresión, que lo entontece y lo impulsa a la rebelión cuando ve todas las injusticias que se cometen debajo del sol (Eclesiastés 4:1-3).

El segundo, aún más grande, es la dádiva por la cual el corazón se deja corromper y es inducido a cometer las peores acciones.

Tales son siempre los dos medios que Satanás emplea para destruir a los hombres… la violencia y la corrupción o la astucia.

Por eso el fin es mejor que el principio.

Un corazón que ha tenido que enfrentarse con el mal, y lo ha hecho sin ira y sin rebelarse, que ha rehusado los presentes y no se ha dejado seducir, al cabo de la prueba llega como vencedor y éste era el fin que Dios quería producir.

“… mejor es el sufrido de espíritu que el altivo de espíritu. No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios”. Eclesiastés 7:8, 9.

A través de todas estas pruebas, el sabio aprendió lo que es la paciencia, él no se levantó delante del mal para oponérsele.

La paciencia siempre es humilde, mansa, apacible, sabe sufrir; alcanza las cosas prometidas (Hebreos 6:15).

La paciencia es el propio carácter de Cristo.

El que es paciente no se apresura, ni se enoja.

Maravilloso cuadro de la vida del sabio, en medio de las circunstancias producidas por el pecado, circunstancias que conspiran juntas para provocar su enojo, para irritarlo o para seducirlo.

El sabio atraviesa un mundo cuyo carácter conoce muy bien.

En ese ambiente sólo puede esperar sufrimientos, pero él sale victorioso al seguir los principios diametralmente opuestos a todo lo que dirige a los hombres.

Veamos los versículos del 10 al 12 del capítulo 7 de Eclesiastés.

No es sabio decir que el tiempo pasado fue mejor que el presente.

Todos los hombres (salvo los sabios) tienden a pensar que el pasado fue mejor.

Decir eso no es fruto de la sabiduría, porque ella ha adquirido un juicio claro sobre el estado en que se encuentra el mundo.

Además estaría en contradicción con todo lo que el predicador nos ha enseñado al calificar con la terrible palabra vanidad a todo lo que está debajo del sol desde que se introdujo el pecado.

Es cierto que todo está perdido y corrompido, pero hay algo que permanece y que es tan bueno como una herencia… la sabiduría, es decir, la posesión del pensamiento de Dios.

Ella es provechosa, pues brinda un amparo como un escudo, del mismo modo que, en el orden de las cosas humanas, las riquezas brindan amparo.

Poseer tal sabiduría es, de hecho, la única y permanente riqueza.

Aún más, para el que la posee, ella es una fuente de vida.

Y, mucho más aún, los creyentes en Cristo podemos decir.

“… la sabiduría excede, en que da vida a sus poseedores”. Eclesiastés 7:12.

Pues poseemos a Cristo, sabiduría de Dios (1 Corintios 1:24).

Veamos los versículos 13 y 14 del capítulo 7 de Eclesiastés.

“Mira la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que él torció? En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él”. Eclesiastés 7:13, 14.

El sabio continúa su actividad en medio de un mundo arruinado por el pecado.

Allí encuentra la obra de Dios, y también el resultado del mal, que no puede ser enderezado, pues las cosas están torcidas por el pecado (Eclesiastés 1:15).

Pero Dios deja que estas cosas torcidas subsistan y las utiliza.

Él puso unas frente a las otras… el día del bien, del cual el hombre es invitado a gozar, y el día de la adversidad, que lo conduce a reflexionar.

De este modo, el hombre seguirá ignorando lo que habrá después de él.

Tal conclusión está plenamente de acuerdo con el libro del Eclesiastés, en el cual todo acceso a las cosas invisibles permanece oculto a los ojos del ser humano, a fin de que éste aprenda a ver la vanidad de las cosas que lo rodean, cuya armonía fue turbada por completo a causa de la caída del hombre.

El versículo 15 del capítulo 7 de Eclesiastés, confirma lo que acabo de decir.

“Todo esto he visto en los días de mi vanidad. Justo hay que perece por su justicia, y hay impío que por su maldad alarga sus días”. Eclesiastés 7:15.

Esos días de vanidad que han colmado la vida del sabio lo han llevado a ver la absoluta contradicción que existe entre lo que habría debido ser, según Dios y lo que está torcido.

¡La justicia del justo lo conduce a la muerte!

¿No es como una anticipación profética de lo que habría de enfrentar el mismo Jesús?

Por otra parte existe el impío cuya maldad alarga sus días.

La visión del predicador siempre está limitada a lo que pasa… debajo del sol.

Esta concepción de los hechos es completamente diferente a la que hallamos en los Salmos, por ejemplo, los cuales nos describen lo que les espera a los impíos.

Los versículos del 16 al 18 del capítulo 7 de Eclesiastés, constituyen la continuación de lo que acabamos de ver.

El predicador había hablado de la justicia y de la impiedad.

Ahora señala que se pueden cometer excesos en dos direcciones y cuáles son las consecuencias de ello.

Cuando se trata de la justicia y de la sabiduría, se puede llegar a exceder la medida, tanto en una como en la otra.

En este caso no es otra cosa que orgullo, el cual nos hace exagerar esas virtudes para enaltecernos a nosotros mismos por medio de ellas.

Pero…

“Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu”. Proverbios 16:18.

Por eso aquí, el predicador dice…

“¿por qué habrás de destruirte?”. Eclesiastés 7:16.

Pero también vemos que se puede hacer mucho mal, este pensamiento concuerda con el Eclesiastés, el cual nos brinda una descripción del mundo transformado por las consecuencias del pecado y no provee nuevos principios contra este desorden, porque no presenta una revelación que puede introducirlos.

Aquí, pues, el hecho de hacer mucho mal se considera como aquello que conduce a una muerte temprana…

“¿… habrás de morir antes de tu tiempo?”. Eclesiastés 7:17.

Sea cual fuere el triste estado en que se encuentre el mundo, el hecho es que éste permanece como el ámbito del gobierno de Dios, quien condena todos los excesos cometidos por el hombre y le hace sentir las consecuencias de ellos, sobre todo cuando el ser humano da rienda suelta a su maldad.

¡Cuán evidente es esto en el estado en que actualmente se encuentra el mundo, donde la maldad del hombre no tiene límites!

Tal situación proviene de la completa carencia de temor de Dios.

“Bueno es que tomes esto, y también de aquello no apartes tu mano; porque aquel que a Dios teme, saldrá bien en todo”. Eclesiastés 7:18.

He aquí la tercera vez que en este libro aparece la expresión… teme a Dios (Eclesiastés 3:14 - Eclesiastés 5:7), como el único medio que ampara al hombre para que no lo alcance el juicio.

Veamos el versículos 19 del capítulo 7 de Eclesiastés.

Después de haber hecho la advertencia contra el exceso de sabiduría, el predicador proclama resueltamente los méritos de ella.

“La sabiduría fortalece al sabio más que diez poderosos que haya en una ciudad”. Eclesiastés 7:19.

Ella no sólo es una fuente de vida para aquel que la posee (Eclesiastés 7:12), sino que el sabio halla en ella la fuerza que necesita.

El está protegido por ella contra los ataques del enemigo, más de lo que una ciudad podría estar protegida por diez hombres poderosos.

Veamos los versículos del 20 al 24 del capítulo 7 de Eclesiastés.

Pero mediante la sabiduría aprendo a conocerme.

Ella es de origen divino y me hace saber lo que Dios mismo declara.

“Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque”. Eclesiastés 7:20.

Y esto concierne tanto al sabio como a los demás hombres.

El sabio…

¿Es el único que habrá hecho el bien?

¿No habrá prestado oídos a noticias falsas?

¿No habrá hecho que su siervo hablara mal de él?

¡Ah!

¡Cuántas veces él mismo habló mal de otros!

¡Cuántas veces, cuando dijo… seré sabio, la sabiduría huyó lejos de él!

Y…

¿Cómo reparar el mal producido por esa falta de vigilancia?

En los versículos del 25 al 29 del capítulo 7 de Eclesiastés, el predicador relata su propia historia…

¡Una historia verdaderamente amarga!

Como lo expresó al principio de su libro (Eclesiastés 1:17), se dedicó a buscar la sabiduría y a conocer que la maldad y la locura son tontería y desvarío.

La tentación y la seducción llegaron a él por medio de la mujer (1 Reyes 11:4), y él, a quien Dios había favorecido en tan gran manera, en lugar de huir de ella, pecó y vino a ser presa de aquella que lo sedujo.

Así llegó a la cruel conclusión, más amarga que la muerte, de que no hay entre todas éstas quien no utilice las concupiscencias como lazos y redes y cuyas manos no sean cadenas para mantener cautivo al que ella ha apresado.

Y aun, qué insigne rareza es hallar en la tierra a un hombre que pueda brindar ayuda mediante su sabiduría o su inteligencia.

“… un hombre entre mil he hallado, pero mujer entre todas éstas nunca hallé”. Eclesiastés 7:28.

Si las búsquedas del sabio lo han hecho llegar a estas desoladoras conclusiones, al menos extrajo un beneficio de ello.

“He aquí solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones”. Eclesiastés 7:29.

En el principio, cuando salió de las manos del creador, el hombre era recto.

En pasajes anteriores, el predicador señaló que la creación era bella (Eclesiastés 3:11) y que ahora todo está torcido (Eclesiastés 1:15 - Eclesiastés 7:13).

Ha sobrevenido la ruina, no causada por Dios, sino por el hombre.

“… pero ellos buscaron muchas perversiones”. Eclesiastés 7:29.

Así fue en el huerto de Edén, cuando la mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría.

¡Cuántos razonamientos!

Y desde entonces siempre ha sido igual.

* Capítulo 8 de Eclesiastés.

Veamos el versículo 1 del capítulo 8 de Eclesiastés.

La experiencia de la cual el predicador acaba de hablar y que es tan humillante para él, no disminuye en nada el valor de la sabiduría.

“¿Quién como el sabio? ¿y quién como el que sabe la declaración de las cosas? La sabiduría del hombre ilumina su rostro, y la tosquedad de su semblante se mudará”. Eclesiastés 8:1.

La sabiduría otorga una inmensa ventaja al hombre, mediante ella, éste halla la explicación de las cosas que tienen lugar debajo del sol.

Ella le da una apariencia exterior que atrae e inspira confianza, pues la sabiduría lo hace humilde y la humildad se lee en los rasgos de su rostro.

Veamos los versículos del 2 al 4 del capítulo 8 de Eclesiastés.

Eso fue una realidad en Salomón.

Su autoridad se manifestaba de manera amable a causa de su sabiduría, pero era tanto más necesario someterse a ella y obedecerle.

El rey es el representante de la autoridad de Dios para castigar el mal y recompensar el bien.

Es bueno permanecer en contacto habitual con él pues ello impedirá perseverar en el mal y permitirá mantenerse en el bien.

Dios confió al rey el poder, de modo que éste hace lo que le place y no da cuenta de ello a nadie.

Veamos los versículos del 5 al 7 del capítulo 8 de Eclesiastés.

La sumisión a las órdenes de la autoridad pone al hombre a resguardo de todo mal.

En este pasaje se trata del gobierno de Dios confiado a la autoridad y considerado en su principio, tal como en Romanos 13:1-5.

El sabio va más lejos.

“… discierne el tiempo y el juicio… Porque para todo… hay tiempo y juicio”. Eclesiastés 8:5, 6.

Sabe que si es preciso obedecer y si hay un tiempo para el ejercicio de la autoridad, el que la ejerce es responsable ante Dios y que todo vendrá a juicio (Eclesiastés 3:16, 17).

Mientras espera esto el hombre, a consecuencia de su miserable estado pecaminoso, es mantenido en la ignorancia, tanto de lo que ha de ser como de cuándo será.

Como tan a menudo lo he señalado, el más allá le está oculto.

Veamos los versículos del 8 al 11 del capítulo 8 de Eclesiastés.

Sin embargo…

Aunque el poder se le confíe al rey, hay un dominio -el del espíritu- sobre el cual él no tiene ningún poder.

Esto es tan cierto del espíritu del hombre como del Espíritu de Dios.

El espíritu es libre.

El hombre tampoco tiene poder sobre la vida del cuerpo.

Sólo Dios es el que determina el día de la muerte, a pesar de todas las apariencias en contrario, y el que cree que mediante la impiedad tiene poder sobre ella, correrá tal suerte que no tendrá liberación.

Hay tiempos en que la autoridad se ejerce sobre los hombres enseñoreándose de ellos para su mal, en contradicción con lo que hemos visto al comienzo de este capítulo.

Este libro siempre hace resaltar el contraste que existe entre lo que Dios ha establecido y lo que el hombre ha hecho de ello.

Asimismo, nos muestra a los malos partiendo de este mundo con honores funerarios, mientras que aquellos que hicieron el bien y se mantuvieron en la presencia de Dios, frecuentando el lugar santo, dejan esa presencia y son puestos en olvido por sus conciudadanos.

Notemos que aquí, como por todas partes en este libro, la presencia de Dios se limita a la tierra, y que hay un velo establecido entre la muerte y lo que viene después.

El olvido se cierne sobre los muertos y el predicador puede exclamar.

“… Esto también es vanidad”. Eclesiastés 2:19.

Por así decirlo, él enlaza sus pensamientos a su tesis inicial.

“… todo es vanidad”. Eclesiastés 1:2.

Veamos los versículos del 11 al 14 del capítulo 8 de Eclesiastés.

No hay un juicio inmediato sobre los impíos (en el Eclesiastés siempre se mantiene la verdad del juicio), de manera que ellos se aprovechan de esa impunidad para pensar en el mal y para hacerlo.

Ellos cuentan con tal impunidad y prolongan sus días (Eclesiastés 7:15), pero, finalmente, los que temen a Dios saldrán bien en todo (Eclesiastés 7:18), mientras que la desdicha del impío y su ruina final provienen de la ausencia de ese temor.

“… ni le serán prolongados los días”. Eclesiastés 8:13.

Esto parece estar en contradicción con el versículo 12 del capítulo 8 de Eclesiastés, pero Dios no se contradice jamás.

En el primer caso se trata de la apariencia, pues el juicio sobre el malo no se ejerce inmediatamente, en el segundo caso, Dios es el que pone fin a la vida del malo, cuando la hora de su juicio llega.

El impío…

“… no teme delante de la presencia de Dios”. Eclesiastés 8:13.

A medida que se avanza en el estudio de este libro, se discierne que el temor de Dios es el único punto luminoso en medio de las preguntas que la sabiduría -enfrentada con el enigma del mundo tal como existe- intenta en vano responder.

Aquí la vanidad consiste en que…

“… hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos”. Eclesiastés 8:14.

Librada a sí misma, la sabiduría no puede descubrir la causa de ello, porque se encuentra limitada a la esfera de las cosas visibles.

“… Esto también es vanidad”. Eclesiastés 2:19.

Veamos los versículos del 15 al 17 del capítulo 8 de Eclesiastés.

“Por lo tanto… no tiene el hombre bien debajo del sol, sino que coma y beba y se alegre”. Eclesiastés 8:15.

(Eclesiastés 2:24 - Eclesiastés 3:12, 13, 22 - Eclesiastés 5:18 - Eclesiastés 6:7)

Esta es una conclusión desconsoladora.

Pues…

¿Dónde termina esto?

Eso es todo lo que queda del trabajo del hombre.

Y el hombre, a pesar de todo su trabajo, es incapaz de descubrir la obra que se hace debajo del sol.

Es, pues, preciso que remita a Dios su obra, el hombre no puede comprenderla…

¡Y aun el sabio está obligado a reconocer su ignorancia!

* Capítulo 9 de Eclesiastés.

Los versículos del 1 al 12 del capítulo 9 de Eclesiastés, manifiestan la desalentadora conclusión de todo lo que fue dicho precedentemente.

Veamos los versículos del 1 al 10 del capítulo 9 de Eclesiastés.

El alma se esfuerza en proseguir las investigaciones de la sabiduría en los asuntos del mundo.

Está sobrecogida por las contrariedades de la vida.

El justo y el impío, el limpio y el no limpio tienen la misma suerte.

Es inevitable morir.

“… el corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos”. Eclesiastés 9:3.

Una vez muertos… sea amor o sea odio, no lo saben los hombres, así que leemos.

“También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol”. Eclesiastés 9:6.

El silencio de la muerte los envuelve, la sabiduría no puede penetrar en ese dominio completamente cerrado para la mente del hombre, de ahí surge la conclusión que asegura que más vale vivir aun en esta miseria que morir.

Un perro (el ser más despreciable) vivo es mejor que un león (el ser noble y fuerte por excelencia) muerto.

Al menos el que vive sabe que tiene que morir -certeza amarga, pero certeza al fin, pero los muertos nada saben.

El conocimiento humano más elevado conduce a similares conclusiones.

La ciencia sin la revelación siempre será incrédula.

Por eso no puede ver nada más allá de la muerte.

Adiós, pues, a la actividad, al trabajo, al amor y al odio, al conocimiento y a la sabiduría.

Sin embargo…

El final del libro lo enfatizará con mucha mayor fuerza que al comienzo, para el sabio que está relacionado con el Dios creador subsisten dos cosas… el temor de Dios y la certeza del juicio.

Veamos los versículos del 7 al 10 del capítulo 9 de Eclesiastés.

Para el momento actual no queda nada.

Pero…

¿Qué estoy diciendo?

Queda la actividad de un día, esa sombra que pasa, con los goces que ello implica.

“Anda, come tu pan con gozo, bebe tu vino con alegre corazón, porque tus obras ya son agradables a Dios. En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza. Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad... porque esta es tu parte en la vida, y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol”. Eclesiastés 9:7-9.

Y esta invitación a alegrarse…

¿No es aún más amarga que la desesperanza que sale de la boca de un hombre cuya sabiduría -aunque busca agradar a Dios- sondeó hasta en sus últimos repliegues la vanidad de todas las cosas?

Veamos los versículos 11 y 12 del capítulo 9 de Eclesiastés.

El sabio se vuelve nuevamente (Eclesiastés 4:1, 7) y ve que todas las cualidades, aun las más eminentes de la sabiduría no conducen a ningún resultado exitoso.

Todo termina en una catástrofe repentina y final.

Veamos los versículos del 13 al 18 del capítulo 9 de Eclesiastés.

Finalmente el predicador vio debajo de sol una sabiduría que a él le pareció grande… gracias a un solo hombre pobre y sabio, todo el poder, todos los recursos que puede desplegar un gran rey fracasan en su intento de destruir a una pequeña ciudad que no tiene recursos.

Este pobre ha sido el salvador y el libertador de seres indefensos.

“Entonces dije yo: Mejor es la sabiduría que la fuerza… ”. Eclesiastés 9:16.

Pero el mundo desprecia la sabiduría del pobre y sus palabras no son escuchadas.

“… y nadie se acordaba de aquel hombre pobre”. Eclesiastés 9:15.

¡De qué modo este corto pasaje nos inunda de una luz inesperada!

Sólo hay una sabiduría que puede librar al hombre que no tiene recursos y es presa de las acciones de Satanás, quien intenta destruirlo.

Esta sabiduría se encuentra en aquel al que los Salmos llaman tan a menudo… el pobre.

La liberación es un hecho, un logro consumado por él.

¿Será oído este llamado?

¡Es necesario escucharlo en quietud para hallar la salvación!

* Capítulo 10 de Eclesiastés.

Es de señalar que el tema propiamente dicho del Eclesiastés termina en el capítulo 9 y que no expresa sus conclusiones hasta el capítulo 12.

Lo último que había comprobado, según leemos en el capítulo 9, fue el hecho de que el hombre pobre y sabio que obró una gran liberación, había sido rechazado y que nadie se acordaba de él.

Esto concuerda plenamente con la tristeza del predicador, pero también con todo el propósito del libro, que no nos hace penetrar en el porvenir.

En estos textos, las consecuencias de haber rechazado al hombre pobre -que para nosotros, cristianos, son las consecuencias eternas de la obra de Cristo- no son mencionadas.

Los capítulos 10 y 11 de Eclesiastés, vuelven a tomar, de manera particular, la forma proverbial que se hace tan evidente desde el capítulo 4 de Eclesiastés, versículo 5, hasta el capítulo 7 de Eclesiastés.

Esta forma es la que domina completamente los pasajes que abordamos ahora, para llevarnos de nuevo a considerar la sentencia.

“… Todo cuanto viene es vanidad”. Eclesiastés 11:8.

La lección especial de estos dos capítulos consiste en una enseñanza brindada por la sabiduría para la vida práctica, una enseñanza que no se puede descuidar sin correr grandes riesgos.

El capítulo 10 de Eclesiastés, se relaciona muy particularmente con el carácter de los reyes y de aquellos que tienen cargos de alta dignidad.

La sabiduría toma la medida del valor moral de ellos, pero mantiene a cada uno en su lugar en relación con la autoridad que tienen.

Veamos el versículo 1 del capítulo 10 de Eclesiastés.

“Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable”. Eclesiastés 10:1.

Basta un poco de locura, una falta de sabiduría aparentemente insignificante, para quitarle todo valor al carácter de aquel que, hasta ese momento, gozaba de renombre por la sabiduría que manifestaba dando directivas a los hombres.

Esta observación sirve para todos los tiempos.

La carrera de un hombre que ostenta el poder se hunde y causa disgusto después de alguna decisión desconsiderada, contraria a su habitual sabiduría y a su renombre.

Toda una vida honorable se ve así reducida a la nada y es considerada como inútil.

Veamos los versículos 2 y 3 del capítulo 10 de Eclesiastés.

“El corazón del sabio está a su mano derecha, mas el corazón del necio a su mano izquierda. Y aun mientras va el necio por el camino, le falta cordura, y va diciendo a todos que es necio”. Eclesiastés 10:2, 3.

El sabio tiene ubicado el corazón en el lugar que no es habitual, a su derecha, a fin de que las decisiones que este órgano le dicta pasen inmediatamente a la acción, mientras que el que carece de sabiduría tiene su corazón donde se encuentra naturalmente y no da a sus pensamientos un objetivo útil haciendo de su corazón el móvil de sus actos.

Aun su conducta habitual, conducta fácil para todos los hombres, revela la misma inconsistencia y prueba públicamente su necedad.

Veamos el versículo 4 del capítulo 10 de Eclesiastés.

Ahora la sabiduría se dirige a su hijo para prescribirle la actitud que es conveniente frente a la autoridad.

“Si el espíritu del príncipe se exaltare contra ti, no dejes tu lugar; porque la mansedumbre hará cesar grandes ofensas (o pecados)”. Eclesiastés 10:4.

Aquí, como por lo general en todo este capítulo, el que hace mal es el príncipe o gobernador.

La causa de su irritación no se menciona, pero ella se nos presenta como algo muy malo, frente a la cual el hijo de la sabiduría debe tomar una actitud.

¿Deberá indignarse contra la injusticia o reivindicar sus derechos contra aquel que los pisotea?

Muy al contrario, sólo necesita hacer dos cosas…

En primer lugar, guardar su lugar manteniendo respetuosa sumisión delante de una autoridad cuyos actos son llamados… grandes pecados.

En segundo lugar, manifestar mansedumbre, es decir, la disposición del alma a no insistir sobre sus derechos y a cederlos ante aquel que nos hace daño.

Ninguna otra cosa reprime de manera más eficaz las manifestaciones de la mala naturaleza.

Así, el propio creyente amontona ascuas de fuego sobre la cabeza de aquellos que lo ultrajan.

Veamos los versículos del 5 al 7 del capítulo 10 de Eclesiastés.

“Hay un mal que he visto debajo del sol, a manera de error emanado del príncipe; la necedad está colocada en grandes alturas, y los ricos están sentados en lugar bajo. Vi siervos a caballo, y príncipes que andaban como siervos sobre la tierra”. Eclesiastés 10:5-7.

En este pasaje vemos que el mal procede nuevamente del príncipe, de aquel que gobierna.

Él no sabe o no quiere escoger a los dignatarios que estarían en consonancia con el aforismo inglés… The right man in the right place (El hombre justo en el lugar justo)

El gobernante obra a su antojo y, ya sea por falta de conocimiento de los hombres, ya por favoritismo o bien por cualquier otra causa, confía los sitiales más elevados a los incapaces.

Entonces se manifiesta el resultado… aquellos que por gozar de una posición acaudalada podrían ser más capaces de obrar desinteresadamente en la conducción de los asuntos… están sentados en lugar bajo y las funciones se encuentran invertidas… los siervos hacen alarde de su orgullo y de su autoridad y los príncipes pierden su rango donde podrían ser útiles conduciendo a los demás.

Los versículos del 8 al 15 del capítulo 10 de Eclesiastés, dejan el tema de los reyes y de los gobernantes para mostrar a dónde conducen las intenciones y los caminos del hombre en contraste con la sabiduría, un don de Dios.

Primeramente, los versículos 8 y 9 del capítulo 10 de Eclesiastés, consideran las malas y las buenas intenciones que manifestamos en nuestros actos para con el prójimo.

“El que hiciere hoyo caerá en él; y al que aportillare vallado, le morderá la serpiente. Quien corta piedras, se hiere con ellas; el que parte leña, en ello peligra”. Eclesiastés 10:8, 9.

Hacer un hoyo representa preparar una trampa.

¡Cuántas veces uno mismo ha caído en su propia trampa, cuando la intención era hacer caer a los demás! (Proverbios 26:27)

Aportillar el vallado significa traspasar los límites, un astuto acto de hipocresía por el cual, un día, al malo le será posible usurpar la posesión de su prójimo.

El diablo aprovechará eso para destruir a aquel que planea engrandecerse a expensas de otro.

Por otro lado, las intenciones pueden ser loables, pero los resultados dependen de los materiales que se utilicen.

El esfuerzo no aprovechará a los demás y nos expondrá al peligro a nosotros mismos.

Veamos el versículo 10 del capítulo 10 de Eclesiastés.

“Si se embotare el hierro, y su filo no fuere amolado, hay que añadir entonces más fuerza; pero la sabiduría es provechosa para dirigir”. Eclesiastés 10:10.

Uno puede tener entre sus manos un instrumento embotado y querer servirse de él, pero éste en realidad sólo es útil y no exige esfuerzos para emplearlo si se lo aguza.

¿No puede ser aplicado este proverbio a la manera en que uno se sirve de la palabra?

La razón y la inteligencia natural del hombre sólo consiguen embotar el filo, pero la sabiduría, un don del Espíritu de Dios, la aguza, la hace útil y la hace penetrar en la conciencia.

No puedo dejar de repetir que todos estos Proverbios tienen un alcance moral y espiritual y que su interpretación es prerrogativa de la sabiduría.

La sabiduría de lo alto nos los ha dado a causa del hombre y esta misma sabiduría los interpreta.

Aquí se nos brinda un ejemplo.

Veamos el versículo 11 del capítulo 10 de Eclesiastés.

“Muerde la serpiente cuando no está encantada, y el lenguaraz no es mejor”. Eclesiastés 10:11. (S.R.V. 1909)

Este proverbio se relaciona con la lengua del hombre.

La lengua es como una serpiente que muerde y lo único que puede impedir que lo haga es el poder del encantador, lo que nos enseña que sólo el poder del Espíritu es el que puede domarla (Santiago 3:8).

Veamos los versículos del 12 al 15 del capítulo 10 de Eclesiastés.

“Las palabras de la boca del sabio son llenas de gracia, mas los labios del necio causan su propia ruina. El principio de las palabras de su boca es necedad; y el fin de su charla, nocivo desvarío. El necio multiplica palabras, aunque no sabe nadie lo que ha de ser; ¿y quién le hará saber lo que después de él será? El trabajo de los necios los fatiga; porque no saben por dónde ir a la ciudad”. Eclesiastés 10:15.

Este pasaje continúa con los pensamientos que he abordado desde el versículo 10 del capítulo 10 de Eclesiastés.

Hallamos nuevamente todo lo saludable que contienen las palabras del sabio, en contraste con las palabras del necio las cuales lo hacen extraviar, pues comienzan con la necedad y finalizan en pernicioso desvarío.

El necio multiplica las palabras, no prevé los eventos, ignora el porvenir y ni siquiera conoce el camino que conduce al lugar donde podría recibir el conocimiento que necesita.

Para él, el esfuerzo de preguntar es una tarea demasiado pesada.

Los versículos 16 y 17 del capítulo 10 de Eclesiastés, nos remiten nuevamente al tema principal del capítulo.

Nos muestran las desgracias que acarrea el gobierno de un rey inexperto, cuyos príncipes utilizan su elevada posición para satisfacer sus apetencias.

Luego nos presentan la felicidad de un país regido por un rey noble, cuyos príncipes sólo piensan en reponer sus fuerzas a fin de emplearlas para el bien del Estado.

Veamos los versículos del 18 y 19 del capítulo 10 de Eclesiastés.

Por el contrario, la inactividad de aquellos que gobiernan produce rápidamente la ruina de la casa.

El deseo de los goces materiales los hace buscar el dinero con que se los puede satisfacer.

Veamos el versículos 20 del capítulo 10 de Eclesiastés.

Sin embargo…

El hijo de la sabiduría jamás transgredirá el precepto de la obediencia debida al rey y de la honra que se les debe a aquellos que tienen el privilegio de poseer riquezas.

No hablará mal de uno ni de los otros, porque el rumor se divulgaría fácilmente y llegaría con rapidez a los oídos de los poderosos.

* Capítulo 11 de Eclesiastés.

Este capítulo continúa, desde otro punto de vista, la enseñanza del capítulo precedente.

Nos muestra cuál debe ser la actividad de un hijo de la sabiduría frente a los caminos de la providencia que le son ocultos.

Estos consejos están representados por las aguas, las nubes, el viento y la luz (Eclesiastés 11:1, 3, 4, 7), cosas sobre las cuales el hombre no tiene ningún control y cuya dirección le es desconocida.

Por eso se nos hace oír estas palabras… no sabes, ignoras (Eclesiastés 11:2, 5, 6).

Y este capítulo finaliza hablando de lo único que el joven necesita saber (Eclesiastés 11:9).

El estado espiritual que se nos describe en este capítulo está de acuerdo con todo el pensamiento del libro… el hombre, colocado frente a los fenómenos de la creación que se presentan ante sus sentidos, es incapaz de comprender los orígenes de aquéllos y tropieza a cada instante con lo desconocido.

Y permanece así todo el tiempo, a menos que Dios le dé a conocer las cosas secretas, ocultas a la inteligencia más desarrollada.

Tal como lo hemos visto en otras partes de este libro, las sentencias que presenta el capítulo que estamos considerando no se limitan a mencionar hechos exteriores, sino que ofrecen un sentido espiritual y oculto, que sólo el Espíritu puede revelarnos y que se aplica a todos los tiempos.

Limitarlo al tiempo de Salomón y a las circunstancias de ese entonces significaría no comprender el objetivo y la aplicación de la palabra de Dios.

Lo mismo que al comienzo del capítulo 7 de Eclesiastés, las recomendaciones que se le hacen aquí al hijo de la sabiduría son 7, es decir, una enseñanza completa sobre este tema particular, una enseñanza a la que no le falta nada.

“Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás”. Eclesiastés 11:1.

El hijo de la sabiduría esparce sobre la superficie de las aguas, sin distinción y, aparentemente, sin objeto su propio pan, es decir, lo que sirve para su propio alimento.

Las aguas parecen el medio menos apropiado para hacer eso y se podría pensar que al obrar así el sabio pierde su pan.

Este proverbio se aplica manifiestamente a la palabra.

El confuso estado que presenta el mundo parece no tener la disposición de recibirla, la absoluta ignorancia que tenemos acerca del lugar adonde la transportarán las aguas, podría inducirnos a no esparcirla indistintamente, pero lo que debemos hacer es confiar en la providencia divina, en una voluntad que tiene su objeto y dirección, y que no pide que nosotros los conozcamos.

Ella quiere que nosotros diseminemos sin límites la palabra de vida.

Sucederá que, después de muchos días, este acto de obediencia será recompensado y conoceremos el objeto para el que Dios la había destinado.

Volveremos a tomar posesión de aquello que hemos confiado a aquel que hace encallar su palabra en buen lugar.

Aquí, como siempre lo hace, el predicador no va más allá del limitado tiempo terrenal y dice.

“porque después de muchos días lo hallarás”. Eclesiastés 11:1.

Nosotros podemos contar de otro modo, pues cosechamos para la eternidad el fruto de la palabra sembrada en este mundo, sobre la superficie de las aguas.

Por eso Pablo estaba seguro de que iba a cosechar el fruto de su trabajo en la venida del Señor Jesús.

Sea como fuere, aquí hallamos el resultado de la confianza en la providencia de Dios.

Pues…

¿Cómo podríamos hallar lo que hemos arrojado en las aguas si Dios no lo volviese a traer?

“Reparte a siete, y aun a ocho, porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra”. Eclesiastés 11:2.

En cambio, cuando somos nosotros los que tenemos que distribuir el alimento a los hombres, conociendo sus necesidades, tenemos que hacerlo liberalmente.

Es evidente que esta palabra va más allá del sentido material, como se aprecia en el relato de la multiplicación de los panes.

Es preciso que los siete -el número completo- reciban su porción y como sucedió con los 7000 hombres, que sobre algo para un octavo.

Un poder secreto, el poder de Dios, es el único capaz de saciar a las multitudes y de hallar, aun en lo que sobra, el alimento para los demás.

En cuanto a nuestro servicio, esta actividad de nuestra parte es necesaria, incluso es urgente, porque el tiempo es cortó.

No sabemos cuándo vendrá el hambre sobre la tierra, el juicio está a la puerta, quizá mucho más cerca de lo que suponemos, y entonces…

¡Aquellos que no recibieron su porción estarán condenados a morir!

Si, tal como lo acabamos de ver, el sabio es exhortado a poner sus recursos al servicio de todos y sin distinción, la sabiduría también le enseña que la obra de la gracia depende enteramente de la providencia de Dios.

“Si las nubes fueren llenas de agua, sobre la tierra la derramarán… ”. Eclesiastés 11:3.

En Lucas 12:54, 55, la nube que vierte la lluvia sobre la tierra es una figura de la gracia, así como el viento del sur es una figura del juicio.

A pesar de la vanidad que colma a este pobre mundo, la gracia subsiste.

Por su lado, Dios posee depósitos que él llena, fuentes que derraman su bendición en la tierra.

Si es cierto que, con este propósito, Dios quiere emplear cualquier instrumento y hacer de él un vaso escogido a favor de los hombres, no es menos cierto que la obra le pertenece completamente a él.

Todos los despertares o avivamientos que se han experimentado son una prueba evidente de ello.

“… y si el árbol cayere al sur, o al norte, en el lugar que el árbol cayere, allí quedará”. Eclesiastés 11:3.

En los designios de Dios, cada cosa tiene su propósito.

El hecho de que un árbol caiga hacia el sur o hacia el norte puede parecer pura casualidad.

Pero no, una voluntad desconocida por el hombre ha marcado la dirección de su caída.

Se le retira la protección al que podía aprovechar de ella.

El árbol queda donde cayó.

¿Quién podrá explicar la causa de ello?

En lo referente a las nubes, el beneficio es visible, en lo que se refiere al árbol el propósito está oculto.

“El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará. Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas”. Eclesiastés 11:4, 5.

El viento y las nubes no están bajo el control del hombre, Dios es quien hace que se formen.

Él es el que lo hace todo.

Nosotros ignoramos tanto el camino del viento como los misterios del nacimiento, verdades que se relacionan con lo que hemos considerado al comienzo de este capítulo.

Observar, mirar para conocer el momento favorable para la siembra y para la cosecha, significa perder el tiempo en lugar de llevar a cabo la actividad a la cual Dios nos llama.

Nosotros sólo somos instrumentos en sus manos y no tendríamos la osadía de pretender que podríamos controlar el viento y las nubes.

El Señor dice…

“El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu”. Juan 3:8.

Nosotros no conocemos… la obra de Dios, el cual hace todas las cosas, pero que esto no nos impida sembrar y cosechar.

“Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno”. Eclesiastés 11:6.

Esta sentencia se une íntimamente con la precedente.

Tenemos que sembrar mañana y tarde, en tiempos opuestos, debemos sembrar sin hacer distinción de horarios.

Esto o aquello -¿quién lo sabe? Dios lo sabe- quizá lo uno y lo otro llevarán a obtener la cosecha esperada.

Obrar de este modo no significa carecer de previsión, sino tener una simple confianza en la dirección de la providencia, y dependencia de la actividad de la gracia.

“Suave ciertamente es la luz, y agradable a los ojos ver el sol; pero aunque un hombre viva muchos años, y en todos ellos tenga gozo, acuérdese sin embargo que los días de las tinieblas serán muchos. Todo cuanto viene es vanidad”. Eclesiastés 11:7, 8.

En este mundo hay cosas agradables, el predicador está lejos de negarlo.

Podemos alegrarnos de que la luz las ponga en evidencia y les dé intensidad, pero a medida que avanza nuestra edad, vemos que nuestro pasado tuvo muchos días de tinieblas.

Así evocamos nuestra vida, cuya última palabra es vanidad, cosa inútil, de la que nada subsiste, que se va sin dejar rastros, sepultada finalmente en el olvido.

Esta sentencia nos conduce al versículo siguiente.

“Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios”. Eclesiastés 11:9.

En el libro del Eclesiastés encontramos dos conclusiones.

Este versículo constituye la primera.

Hallaremos la segunda en los versículos 13 y 14 del capítulo siguiente.

¡Cuántas veces repitió el predicador la máxima que parece preconizar la alegría de la vida material, lo que el hombre llama… vivir la vida!

En medio de la amargura que siente un corazón desilusionado, que ve las más bellas cosas de este mundo arruinadas, torcidas y marchitas -por la violencia, la corrupción, el trastrocamiento de las leyes morales, la liviandad, la negligencia, las artimañas, la necedad-, hay para él ciertos bienes, ciertas alegrías, sin duda pasajeras, ciertos goces, ciertos afectos, ciertos objetos amados, como por ejemplo…

“… el rastro del hombre en la doncella”. Proverbios 30:19.

Que producen gozo al hombre en su juventud.

El predicador, cuyo corazón sondeó todas estas cosas, le dice.

“… anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos”. Eclesiastés 11:9.

(Eclesiastés 2:24 - Eclesiastés 3:12 - Eclesiastés 5:18 - Eclesiastés 8:15 - Eclesiastés 9:7)

Pero...

Hay un solemne “pero” al cabo de estos goces.

“… sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios”. Eclesiastés 11:9.

Dios te pedirá cuentas de cada goce…

¿Para quién y para qué has vivido?

Todas las cosas no se limitan a la tierra.

Hay un Dios y este Dios es un juez, ésta es una de las verdades fundamentales del Eclesiastés.

Tú deberás comparecer ante tu juez.

En este versículo no hallamos ni una palabra de gracia, pero no es sorprendente que este capítulo que comienza hablándonos con figuras de la gracia, hecho casi único en el Eclesiastés, finalice aludiendo al juicio (ya mencionado en el capítulo 3:17 de Eclesiastés), juicio del cual el predicador hablará aún una vez para terminar su libro con esa terrible palabra.

Esta palabra es muy seria y característica.

El sabio no sería sabio si, en medio de la vanidad que le hacía ver que debajo del sol todo está dañado, no reconociese que el hombre puede ser un instrumento de la gracia dentro del dominio del mal y que, por otra parte, si Dios parece dejar que las cosas sigan su curso sin ocuparse de ellas, hay un momento en que pedirá a todo hombre que rinda cuentas de su vida y de sus más pequeños actos.

Veamos el versículo 10 del capítulo 10 de Eclesiastés.

“Quita, pues, de tu corazón el enojo (o la congoja), y aparta de tu carne el mal; porque la adolescencia y la juventud (o la aurora) son vanidad”. Eclesiastés 11:10.

En el versículo 9 del capítulo 10 de Eclesiastés, el predicador habló al joven sobre la alegría y el placer, señalando que todo termina en el juicio.

En el versículo 10 del capítulo 10 de Eclesiastés, con el cual termina este capítulo, le aconseja quitar la congoja del corazón y evitar el mal para el cuerpo, pero he aquí que la adolescencia y la juventud son vanidad, algo sin meta, sin duración, inútil, que pasa sin dejar rastros.

Juicio por un lado, vanidad por el otro, tal es la suerte del hombre ante los ojos de la sabiduría.

¡Cómo se engaña el joven al principio de su vida!

¡Todo es tan brillante!

¿Existe algo más bello que un amanecer?

¿No promete éste todas las alegrías para una larga jornada?

Pero en el capítulo 12 de Eclesiastés, hallaremos el fin de la carrera, todas las desilusiones, todas las decepciones de la vida.

Quizás la vida haya sido larga y plena, pero termina en un sepulcro.

El predicador, que ha llegado al fin de sus experiencias…

¿No está autorizado a decir… la juventud es vanidad?

* Capítulo12 de Eclesiastés.

Después del notable versículo que habla de la vanidad de la juventud, el tono se eleva y se vuelve extremadamente solemne…

“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos… ”. Eclesiastés 12:1.

Esta verdad es elemental, así como lo es todo el curso de este libro.

En este pasaje se trata sólo de las relaciones del hombre con su creador, no de las relaciones del israelita con Jehová el Dios del pacto, y menos aún de las relaciones de un hijo de Dios con su Padre.

De modo que vemos la verdad más elemental en cuanto a las relaciones del hombre con Dios, tal como se nos presenta en Efesios 4:6.

Donde leemos….

“un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”. Efesios 4:6.

Joven, en tu juventud no olvides que la edad en que se produce el ocaso de las fuerzas también te llegará a ti y entonces todo te será difícil y penoso.

Y recuerda que al sobrevenir la muerte será preciso que tu espíritu… vuelva a Dios para que des cuenta de tu conducta.

Por una parte, este llamado de atención exhorta al hombre, a fin de que desde su juventud sitúe su corazón ante Dios y, por otra, lo exhorta a recordar la extrema fragilidad del hombre, sujeto a las consecuencias del pecado y al resultado final de este último… la muerte y el juicio.

La descripción de las miserias de la vejez (Eclesiastés 12:2, 7) es impresionante en gran manera.

Plugo a Dios darnos en su palabra todas las formas de expresión que a la literatura de los pueblos le agrada emplear y de la cual éstos se jactan de poseer.

De este modo, nosotros podemos medir la distancia que existe entre los pensamientos divinos y los de la imaginación del hombre.

Al adoptar cualquiera de las formas poéticas (aquí se trata de una alegoría), el Espíritu de Dios se eleva hasta las regiones más excelsas y mantiene la verdad incluso en los más delicados matices de su pensamiento, lo cual jamás puede hacer el espíritu poético del hombre natural, que vive mintiendo.

Citemos aquí la maravillosa poesía lírica de los Salmos, luego la poesía de Isaías y de los profetas que, simbólicamente, utilizan el lenguaje sublime de la poesía eterna.

Pero la palabra de Dios también es sorprendente aun en otros dominios diferentes al de la lírica.

Cuando leemos los pastorales (poesías pastoriles) que se encuentran en el Génesis, el drama lírico que se halla en el libro de Job, el idilio que se menciona en el libro de Rut, los cánticos guerreros entonados por David y por Débora, los himnos de amor alternados que leemos en el Cantar de los Cantares, o los Proverbios y las sentencias poéticas…

¿Podríamos hallar entre la literatura humana algo que se aproxime a estas producciones que contienen infinita elevación, poder, gracia y verdad?

El hecho es que, incluso en su forma exterior, la palabra, dictada por el Espíritu de Dios, es incomparable.

¿Por qué no atrae al hombre?

La verdadera respuesta se encuentra en el hecho de que… las tinieblas no la comprendieron (Juan 1:5 - RV1909).

¡Oh, cuán necesario es acordarse del creador…!

“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento; antes que se oscurezca el sol, y la luz, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia”. Eclesiastés 12:1, 2.

Es decir, antes que el universo que salió de las manos de Dios, cuya maravillosa belleza es tan cautivante, llegue a ser indiferente para el hombre envejecido y antes de que a sus ojos todas las cosas en la naturaleza hayan tomado un tinte neutro y sin claros, como las nubes tras la lluvia.

¡Llegarán los días en que las manos temblarán, cuando los lomos se encorvarán, cuando la boca, desguarnecida, ya no podrá masticar el alimento, cuando los ojos ya no distinguirán claramente los objetos!

Es decir, cuando decrezca la necesidad de utilizar los labios para hablar y hacerse oír fuera del círculo de la familia, cuando el oído oirá pesadamente y ya no podrá distinguir los diferentes ruidos que llenan la casa (*1), cuando el sueño huirá de nuestra cama y nos levantaremos de ella con el menor pretexto, cuando todas las palabras se pronunciarán débil y confusamente, cuando subir una pendiente será fatigoso y faltará el aliento, cuando todas estas debilidades combinadas harán que la marcha sea difícil y causarán temor, cuando los cabellos blancos coronarán la cabeza, cuando… la langosta será una carga, es decir, cuando faltará el dinamismo para levantarse o sentarse, cuando… se perderá el apetito (o cuando la alcaparra perderá su efecto), es decir, cuando lo excitante ya no podrá estimular el apetito ni despertar los sentidos.

“… porque el hombre va a su morada eterna, y los endechadores andarán alrededor por las calles”. Eclesiastés 12:5.

Frente a todas estas señales, se percibe que el fin está cercano.

“antes que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo; y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio”. Eclesiastés 12:6, 7.

Todas estas señales de deterioración demuestran que aun cuando la fuente y el pozo, es decir, las fuentes de la vida, permanecen sin cambios, llega el momento en que faltan los medios para aprovechar de ellas y alimentar la existencia.

Del lado del ser humano todo finaliza con la ruptura de lo más precioso que hay aquí abajo… el movimiento mismo de la vida en el hombre.

“… y todo volverá al mismo polvo”. Eclesiastés 3:20 (Génesis 3:19).

Es la muerte, consecuencia del pecado.

El espíritu vuelve a Dios que lo dio, es un pensamiento muy diferente del que expresa el versículo 21 del capítulo 3 de Eclesiastés, aquí simplemente significa que el espíritu, separado del cuerpo, desde ese momento tiene que dar cuenta a Dios individualmente.

Y ahora, como lo han notado al comienzo (Eclesiastés 1:2), todo termina con las palabras del versículo 8 del capítulo 12 de Eclesiastés.

“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad”. Eclesiastés 12:8.

Tal es el fin de todo en cuanto al hombre y el mundo.

Pero aún hay otra conclusión que sacar de lo que se ha sido dicho hasta aquí.

¿Cuál es el fin de todo en cuanto a Dios?

Los últimos versículos de este capítulo darán la respuesta a esta pregunta.

Veamos los versículos 9 y 10 del capítulo 12 de Eclesiastés.

Primero, el predicador se describe a sí mismo utilizando la tercera persona…

“Y cuanto más sabio fue el Predicador”. Eclesiastés 12:9.

Él fue predicador revestido del carácter de sabio.

“… tanto más enseñó sabiduría al pueblo”. Eclesiastés 12:9.

No habló ligeramente…

“… e hizo escuchar, e hizo escudriñar”. Eclesiastés 12:9.

Además…

“… compuso (literalmente… puso en orden) muchos proverbios”. Eclesiastés 12:9.

Éstos componen una secuencia y agrupamientos que podemos observar en el libro de los Proverbios y que hemos seguido en el Eclesiastés.

“Procuró el Predicador hallar palabras agradables”. Eclesiastés 12:10.

Pienso que aquí no se trata de la calidad de estilo del discurso, aunque en este mismo capítulo la poesía alegórica sea cautivante y fuerce a la reflexión, pero estas palabras, recibidas en el corazón, por amargas que sean para el hombre, son dulces como la miel para el paladar, porque son las palabras de Dios.

Además son palabras rectas, en contraste con las cosas torcidas que presenta el mundo (Eclesiastés 1:15).

También son palabras de verdad, las cuales contienen y nos comunican el pensamiento de Dios.

Era muy importante que se mantuvieran estas cosas en el contenido de este libro que puede ser sometido a muchas falsas interpretaciones por parte de los necios.

Se dice que cuando los rabinos del primer siglo de nuestra era discutían sobre la autoridad divina del Eclesiastés, fueron convencidos por los versículos que acabo de citar.

Veamos los versículos 11 y 12 del capítulo 12 de Eclesiastés.

Asimismo, el predicador señala que las palabras de los sabios se parecen a los aguijones que activan la marcha del ganado y lo empujan hacia el objetivo y que la compilación de ellas son… como clavos hincados. (Isaías 22:23, 24), capaces de sostener pesados fardos y de los cuales cuelgan todo tipo de pensamientos preciosos.

A pesar de su diversidad, estas verdades son dadas por un solo pastor.

Un solo Dios las ha dispensado…

Un solo Espíritu las ha dictado…

Un solo Pastor se sirve de ellas para conducir a sus ovejas por sendas de justicia.

A dichas palabras, a dicha compilación, deben atenerse los hijos de la sabiduría.

Ellas son capaces de instruirlo.

Todos los libros escritos por los hombres, todos los estudios que se prodigan en ellos, fatigan y no alcanzan el blanco.

En tales escritos siempre se está aprendiendo y nunca se puede… llegar al conocimiento de la verdad.

Una sola compilación, un solo libro, la palabra de Dios, se mantiene firme y nada, ningún pesado fardo, ni ninguna tarea que se le confíe es capaz de doblegarla.

Al terminar este libro tan desconocido, tan mal juzgado por los hombres, qué importante es, pues, afirmar su origen divino.

Veamos los versículos 13 y 14 del capítulo 12 de Eclesiastés.

He aquí ahora, como lo he señalado antes… el fin de todo el discurso, la conclusión de todo en cuanto a Dios.

“… Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre”. Eclesiastés 12:13.

Sólo necesita temer a Dios y obedecer.

En este libro, Salomón habló mucho más extensamente de la vanidad de todas las cosas, que de aquello que nos presenta aquí como resumen de su predicación, pero al comprobar esta vanidad él prepara al alma para mirar a Dios, único objeto seguro e inmutable para el hombre.

Una vez que se encuentra en su presencia, el único deseo del hijo de la sabiduría será obedecerle.

No existe otro gozo, otro recurso, otra felicidad, ni otro reposo que éste… esto es el todo del hombre.

“Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”. Eclesiastés 12:14.

Para terminar, el predicador abre finalmente la puerta que da al porvenir pero, como lo hemos visto, sin ir más allá de la noción del juicio.

Este pensamiento es saludable para el hijo de la sabiduría.

Todo será manifestado.

Nada oculto, sea bueno o sea malo, dejará de manifestarse.

Somos transportados, por así decirlo, ante el tribunal de Cristo (2 Corintios 5:10), donde vemos empleados los mismos términos.

Los Salmos expresan más de una vez este pensamiento desde el punto de vista judío, por ejemplo el Salmo 11:5, y en el capítulo 3 de Eclesiastés, versículo 17.

Al terminar, resumamos en dos palabras el libro del predicador… vanidad absoluta y aflicción de espíritu.

Esto es lo que se siente cuando la sabiduría, don de Dios, se aplica a la apreciación de las cosas visibles que incluso ella no logra sondear hasta sus límites.

Certitud y reposo, esto es lo que se halla en el conocimiento de Dios, lo cual se caracteriza por el temor de Dios y la obediencia.

Amén.

Dios Te Bendiga.

(*1) La muela para moler el grano, accionada por dos sirvientes, estaba en la casa y formaba parte de los enseres domésticos.

El Predicador II ©


* Capítulo 1 de Eclesiastés.

Como lo he dicho al comienzo, en este libro Salomón toma el carácter de un predicador.

Él deseaba que sus oyentes aprovecharan lo que había experimentado por medio de la sabiduría que Dios le dio.

No se contentó con ejercer dicha sabiduría para gobernar a su pueblo, aunque la había pedido a Dios para ello (2 Crónicas 1:9-12).

Leamos, pues, qué hizo con lo que había recibido de Dios…

“Y Dios dio a Salomón sabiduría y prudencia muy grandes, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar. Era mayor la sabiduría de Salomón que la de todos los orientales, y que toda la sabiduría de los egipcios. Aun fue más sabio que todos los hombres, más que Etán ezraíta, y que Hemán, Calcol y Darda, hijos de Mahol; y fue conocido entre todas las naciones de alrededor. Y compuso tres mil proverbios, y sus cantares fueron mil cinco. También disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared. Asimismo disertó sobre los animales, sobre las aves, sobre los reptiles y sobre los peces. Y para oír la sabiduría de Salomón venían de todos los pueblos y de todos los reyes de la tierra, adonde había llegado la fama de su sabiduría”. 1 Reyes 4:29-34.

Esto es lo que lo había convertido en el predicador.

Además, todas las cosas estaban a su disposición… todo lo que las riquezas podían adquirir, todo lo que el poder podía obtener y todo lo que la sabiduría podía sondear y apropiarse.

Él había saboreado todos los goces, había escudriñado todas las obras de Dios y había conocido las leyes que regulan la vida de los hombres y el orden del universo.

Por lo tanto no tenía ninguna razón para quejarse del mundo (2 Crónicas 9:22-24).

Desde el principio, según la usanza de los predicadores, él indica su tema y establece su texto…

“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Eclesiastés 1:2.

Luego, a lo largo de todo el libro, trata este tema en detalle para llegar finalmente a la conclusión, a la suma de todas las experiencias que acumuló…

“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad”. Eclesiastés 12:8.

¡Vanidad!

Un soplo, una sombra que pasa, una existencia sin un mañana… la vida del efímero ser alado que vive apenas un día.

“¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?”. Eclesiastés 1:3.

Presenta la pregunta que será desarrollada en todas sus facetas en el curso de este libro, porque él toma al hombre empeñado en los asuntos de la vida, ocupado, habituado al trabajo y a una actividad a menudo devoradora e insaciable.

Los versículos del 4 al 11 del capítulo 1 de Eclesiastés, nos brindan la respuesta a esa pregunta…

“Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece”.
Eclesiastés 1:4.

El hombre, el único ser inteligente, no permanece, mientras que la tierra permanece y el curso de la naturaleza es inmutable.

Ella sigue leyes fijas, siempre iguales y que se repiten sin cesar.

La mente se fatiga intentando comprender ese trabajo continuo, se afana por ver, escuchar y conocer, hasta que, finalmente, regresa siempre al mismo punto… comprueba que nada hay nuevo debajo del sol, y que aun la memoria de las cosas pasadas se borra invariablemente.

Veamos los versículos del 12 al 15 del capítulo 1 de Eclesiastés.

El predicador se esforzó en sondear y comprender estas cosas, tenía a su disposición dos medios para explorar todo lo que se hace debajo de los cielos… un poder real que ninguno pudo igualar y una sabiduría de origen divino que superaba a todas las demás.

Todos los trabajos que se hacen debajo del sol pasaron ante sus ojos y su inteligencia reparó en ello.

Como resultado de ese sondeo llegó a la conclusión de que todo es vanidad, una persecución que jamás puede alcanzar lo que intenta asir.

¿Habrá algún medio para atrapar el viento?

“Lo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarse”. Eclesiastés 1:15.

Es decir, el mal está presente y todo se encuentra deformado, esto constituye el obstáculo que impide obtener un conocimiento fructuoso.

A consecuencia del pecado, los eslabones de la cadena de las cosas están dispersos.

Por todas partes se presentan lagunas y no se encuentra ningún medio para llenar esos vacíos.

De modo que, desde el principio de la investigación, el hecho de que -a pesar de la regularidad de sus leyes- el mundo sea una ruina, constituye el obstáculo que impide obtener todo conocimiento y goce verdaderos.

Veamos los versículos del 16 al 18 del capítulo 1 de Eclesiastés.

En tal estado de cosas… por un lado, la persistencia de un orden regular en la creación y, por otro, el desorden introducido por el pecado, el predicador se esforzó en sondear, por una parte, lo que es conforme a la sabiduría y, por otra, el desvarío y la locura que han turbado este orden, y conoció que… aun esto era aflicción de espíritu (o correr tras el viento).

Pero la felicidad que esperaba alcanzar mediante este conocimiento se vio convertida en tristeza y dolor.

“Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor”. Eclesiastés 1:18.

¿Cómo podría alegrarse el sabio cuando, a pesar de lo que subsiste de la maravillosa creación de Dios, ve que todas las cosas materiales y morales que debían ser bellas, se encuentran ajadas y corrompidas por el mal?

Y esto es lo que experimenta todo hombre sabio.

En medio del naufragio producido por el pecado, el hombre mismo sólo subsiste como un derrelicto, como los tristes restos de una nave destrozada, que evoca sus bendiciones pasadas.

Así, pues, a pesar de la regularidad de los fenómenos de la naturaleza, en ella todo se encuentra en un trabajo continuo.

No hay reposo para el hombre y para completar el cuadro del estado en que se halla, es manifiesto que la vanidad de todo y el olvido de las cosas pasadas caracterizan a este ser.

Además, es incapaz de remediar todo esto, pues no puede enderezar lo torcido.

* Capítulo 2 de Eclesiastés.

Antes de continuar este estudio, recordemos que, para el predicador el más allá y lo invisible le son totalmente extraños y aquí son considerados como desconocidos, pues ellos sólo pueden ser conocidos mediante una revelación divina y el objetivo del Espíritu de Dios en este libro es, precisamente, hacernos considerar todo lo que está… debajo del sol, fuera de esa revelación.

Por tanto, salvo el conocimiento de Dios, del Dios soberano, privativo del hombre que no se halla degradado por la idolatría, aquí la sabiduría sólo puede considerar las cosas visibles.

Veamos los versículos del 1 al 3 del capítulo 2 de Eclesiastés.

En el capítulo 1, para adquirir el conocimiento que mencionó el predicador, se entregó al goce y a las comodidades de la vida.

Pero he aquí que el sabio descubrió que la risa enloquece y al placer dijo.

- ¿De qué sirve esto?

- ¡No tenía meta ni objeto!

- ¿Podría quizás buscar el bien en la locura?

- ¿No está escrito en los Proverbios?

“Dad… el vino a los de amargado ánimo. Beban, y olvídense de su necesidad, Y de su miseria no se acuerden más”. Proverbios 31:6, 7.

Es lo que el sabio intentó hacer, en la medida que le permitiera no entregarse a ello y guardar intacta la sabiduría que Dios le había dado.

Pero halló que todo esto es vanidad, vacío, pasajero y sin provecho para los hombres.

Entonces…

En los versículos del 4 al 11 del capítulo 2 de Eclesiastés, vemos que el predicador probó todo lo que el poder real y la fortuna podían brindarle.

Hizo grandes obras que producían placer a los ojos y le hacían sentir la felicidad de poseerlas, edificó palacios y jardines, puso de relieve la naturaleza, realzó la cultura, poseyó rebaños, se interesó en la agricultura y sus productos, tuvo un mundo de siervos y siervas, amontonó plata y oro con profusión y todas las riquezas de las provincias afluían a sus tesoros, cultivó la música y el canto que elevan el alma a las regiones serenas, experimentó la satisfacción de los sentidos en el amor terrenal, el crecimiento del poder... en una palabra, todo lo que Salomón podía desear lo había obtenido con su magnificencia real y, además de esto -dice él- conservé conmigo mi sabiduría.

Pero añade…

“Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu (o correr tras el viento), y sin provecho debajo del sol”. Eclesiastés 2:11.

Veamos los versículos del 12 al 19 del capítulo 2 de Eclesiastés.

Sin duda, la sabiduría tiene una ventaja sobre la locura…

¿Quién podría discutirlo?

El sabio está en la luz y ve, el necio se encuentra hundido en las tinieblas y camina en ellas.

Sin embargo…

¡Ambos corren la misma suerte!

¿Qué provecho hay pues en ello?

La muerte llega y alcanza tanto al sabio como al necio.

El gusano destructor está en la raíz de todo goce.

(Eclesiastés2:16 - Eclesiastés 3:19, 20 - Eclesiastés 5:15 - Eclesiastés 6:6 -Eclesiastés 9:3)

Y notemos aquí que la muerte, en el Eclesiastés y según el plan que presenta este libro en toda su extensión, no conduce al más allá, sino que separa del presente, de todos los frutos del trabajo, en el momento en que el hombre se dispone a cosecharlos.

¿Qué provecho tiene esto?

Por ello el sabio exclama…

“Aborrecí, por tanto la vida, porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa; por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu (o correr tras el viento)”. Eclesiastés 2:17.

Y añade…

“Asimismo aborrecí todo mi trabajo que había hecho debajo del sol”.
Eclesiastés 2:18.

¡Si al menos su heredero pudiera hacer buen uso de lo que él le habrá de legar!

Pero no… el trabajo del sabio se convierte en la herencia del necio.

Veamos los versículos del 20 al 23 del capítulo 2 de Eclesiastés.

Estas consideraciones conducen al predicador a la completa desesperanza.

El trabajo más afanoso, la obra más productiva del hombre, sólo le aporta a todos sus días dolor y molestia y hace que ni aun de noche halle reposo para el corazón.

Así, capítulo tras capítulo, se repite este desconsolador lamento, esta constante y renovada comprobación de que todo es vanidad, hasta que finalmente el sabio pueda hallar la última palabra, el último confín de todos los caminos a través de los cuales Dios lo hace pasar.

Veamos los versículos del 24 al 26 del capítulo 2 de Eclesiastés.

Sin embargo…

Aún existe una consecuencia del gobierno de Dios, la cual consiste en que él da sabiduría, conocimiento y gozo a aquel que le agrada, y que añade a ello, tal como se lo concedió a Salomón, el goce material de los bienes de este mundo… comer, beber y aprovechar de su trabajo, mientras que el pecador está obligado a recoger y amontonar para aquel que agrada a Dios.

Pero este orden establecido por el gobierno de Dios…

¿Tiene consecuencias duraderas?

“… También esto es vanidad y aflicción de espíritu (o correr tras el viento)”. Eclesiastés 2:26.

* Capítulo 3 de Eclesiastés.

Después del tema que el predicador ha desarrollado en los dos primeros capítulos de este libro, parece que ahora aborda un nuevo asunto.

En los versículos del 1 al 8 del capítulo 3 de Eclesiastés, comienza estableciendo que la actividad humana es una sucesión de contrastes, de cosas opuestas, que unas tras otras, llegan a su tiempo.

Las dirige una voluntad oculta.

El pecado se manifiesta por todas partes… la muerte, la destrucción, el homicidio, las ruinas, los llantos, las lamentaciones, las lapidaciones, los odios y las guerras.

Por otra parte, también se manifiesta una tendencia opuesta… hay brechas restauradas, dolores mitigados y heridas sanadas.

Todas estas cosas se suceden, los tiempos y las sazones son reguladas para que en este pobre mundo se mantenga el equilibrio.

El mundo no es una mezcla del mal y del bien -como algunos enseñan- porque está completamente hundido en el mal, y esto es lo que comprobará el predicador mediante su propia experiencia.

El mundo es una escena llena de mal, pero esto no quita a Dios el privilegio de modificar el orden de las cosas, sirviéndose del hombre para reedificar lo que él mismo ha destruido o bien para destruir lo que estaba reedificado.

Así, cada cosa llega a su tiempo.

Era muy importante comprobar que si, del lado del hombre todo es vanidad (Eclesiastés 2:26), a su tiempo Dios puede servirse del hombre mismo para aplicar remedios sobre las heridas o para introducir el bien en medio del mal.

En resumen, aquí hallamos otro aspecto del mundo, un aspecto diferente del que nos muestra el capítulo 1 de Eclesiastés.

Allí se nos hablaba de la repetición regular de todos los fenómenos de la creación, que se suceden en un círculo uniforme que da lugar a la aparición de un fenómeno nuevo.

En estos versículos, Dios nos hace presenciar una obra de destrucción y de reconstrucción que se efectúa con regularidad en un mundo donde, desde el principio, el pecado lo arruinó todo, pero donde la divina providencia se sirve del hombre para mantener el equilibrio actual, mientras no haya sonado la hora de la destrucción final.

Veamos los versículos del 9 al 11 del capítulo 3 de Eclesiastés.

Ahora se presenta la pregunta…

¿Por qué toda la actividad muy real del hombre no produce nada?

La respuesta es ésta… en el principio Dios hizo todo bello, luego puso al hombre en el centro de su creación, con la facultad de escudriñarla y de dominarla.

“… también ha puesto el mundo en sus corazones”. (JER 1976)

El corazón del hombre vino a ser así un microcosmos en medio de esa inmensidad, un pequeño mundo en el cual se refleja la creación entera.

Ahora…

¿Cuál es el resultado de esa belleza inicial y de todo ese orden establecido por Dios?

Al entrar el pecado, la creación se arruinó, el mundo aún permanece en el corazón del hombre, pero éste, en medio del desorden producido por el pecado, ya no es capaz de concebir el orden según Dios.

“… sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”. Eclesiastés 3:11.

Veamos los versículos del 12 al 17 del capítulo 3 de Eclesiastés.

Frente a esta incapacidad producida por el pecado, el predicador vuelve a expresar lo que dijo al comienzo.

“… no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida; y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor”. Eclesiastés 3:12, 13.

En el capítulo 2 de Eclesiastés, versículo 24, había llegado a la misma conclusión, y no lo niega.

Esa alegría estaba establecida para el hombre puesto en la creación, donde Dios le había dado todas las cosas para que las gozase.

Todo lo que Dios hace es inmutable y permanente.

Es lo que el predicador había reconocido desde el comienzo (Eclesiastés 1:4-7).

Nada ha de ser añadido sobre ello y nada le ha de ser quitado.

Este orden completo y magnífico tenía por objeto establecer en el corazón del hombre el temor del Dios creador.

“… lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres”. Eclesiastés 3:14.

Veamos los versículos 16 y 17 del capítulo 3 de Eclesiastés.

Pero he aquí que todo está arruinado por el pecado.

Debajo del sol, en lugar del bien se halla la impiedad, el temor de Dios no existe más en el corazón del hombre, la justicia no reina.

Entonces…

¿Qué sucederá?

Pues que Dios juzgará al justo y al impío.

De modo que, sin tener una revelación concreta, el hombre sabio, colocado frente al enigma del mundo, debe llegar a esa conclusión.

Este hombre sabio conoce a Dios, conociéndolo, tiene temor de él, temiéndolo, sabe que Dios no puede soportar el mal y que un día debe juzgar al hombre, encuéntrese éste en la condición que se encuentre, sea justo o impío.

Para saber esto no necesita una revelación.

¿No se lo dicta la conciencia natural del hombre caído?

Vemos que Adán se escondió de la presencia de su juez, y que un pobre pagano idólatra intenta apaciguarla.

Veamos los versículos del 18 al 22 del capítulo 3 de Eclesiastés.

Y ahora nos hallamos frente a una comprobación desoladora, pero que no excluye de ningún modo el juicio de Dios.

¿De dónde proviene el hecho de que el hombre siga el mismo camino que las bestias?

Al principio…

¿Estaba sometido a la muerte?

¿Tiene alguna ventaja sobre las bestias?

No, el hombre vuelve al polvo como ellas.

Es el fruto del pecado, como todo lo que nos presenta este capítulo (Génesis 3:19).

La sabiduría que carece de una revelación se encuentra limitada a este pensamiento.

No puede decir si el espíritu del hombre… sube y el de las bestias… desciende a la tierra.

Esta simple pregunta hace que la sabiduría del hombre se enfrente a un obstáculo infranqueable, ya que él no puede responderla, pues no puede sondear ni aun el porvenir más cercano.

Dios lo ha ordenado así para probar al hombre y para hacerle palpar la causa de tanta miseria e ignorancia.

Por lo tanto, lo único que puede hacer el hombre es… alegrarse en su trabajo, porque esta es su parte frente a un porvenir cuya visión le está completamente cerrada, salvo en lo que respecta al juicio.

* Capítulo 4 de Eclesiastés.

El problema del mal en el mundo y en el corazón del hombre continúa desarrollándose en los primeros versículos del capítulo 4.

En los versículos del 1 al 3 del capítulo 4 de Eclesiastés, el predicador se vuelve para mirar todos los horrores que se cometen debajo del sol, tal como lo había hecho también en el capítulo 2 de Eclesiastés, versículo 12 para ver la sabiduría y la locura.

¿No hemos visto también en nuestros días las escenas que están descritas aquí?

La opresión, las lágrimas y la desesperación de los oprimidos, la fuerza brutal que se ejerce sobre las víctimas, sin que haya quien los consuele...

¿No vemos también nosotros todas estas cosas?

¡Dichosos los muertos, y aún más felices los que nunca han sido!

Estos últimos al menos no han visto la actividad del mal que se produce a plena luz del día.

Apresurémonos a decir que el creyente jamás se expresará de esta manera.

Esto no significa que no sienta profundamente un santo horror por el mal, sino que atraviesa estas cosas con paciencia, sin esperar que el Señor lleve a cabo en la tierra cosa alguna de las que constituyen su esperanza.

El creyente vive en una esfera celestial, completamente cerrada para el predicador, porque éste había recibido la tarea de justipreciar mediante la sabiduría las cosas presentes, en un mundo mancillado por el pecado, a fin de mostrar si de tal mundo se puede obtener algún provecho.

Veamos el versículo 4 del capítulo 4 de Eclesiastés.

A continuación, el sabio examina no solamente el trabajo del hombre, sino la habilidad que éste despliega en su obra, y he aquí que no encuentra nada en todo este esfuerzo, sino la envidia del hombre contra su prójimo, la envidia que lo impulsa a intentar superar y sobrepujar a sus competidores para que ellos no gocen de las mismas ventajas que él.

¡Esto también es el fruto del pecado, vanidad y correr tras el viento!

Este pensamiento lo conduce a examinar las diferentes formas de la actividad humana en el mundo. (Versículos del 5 al 12 del capítulo 4 de Eclesiastés)

Lo que acaba de decirse no excluye el hecho de que en tal actividad haya cosas provechosas englobadas en principios que, según el gobierno de Dios, tienen felices consecuencias.

¿Qué descubre el sabio en este dominio?

Primero encuentra al que tiene las dos manos vacías (Eclesiastés 4:5), al perezoso que se destruye a sí mismo (Isaías 49:26).

Luego ve la posibilidad de obtener sólo un fruto mediocre de su actividad, pero valora el descanso, finalmente considera a aquel que tiene las dos manos llenas con trabajo y la persecución de aquello que jamás podrá alcanzar (Eclesiastés 4:6).

En los versículos 7 y 8 del capítulo 4 de Eclesiastés, el predicador se vuelve de nuevo y descubre la vanidad del hombre que trabaja sin cesar, que consigue ser rico pero permanece solo.

Su vida no tiene meta, no tiene sucesor, ni hijo, ni hermano, no tiene ni un átomo de felicidad.

¡Qué ingrata y vana ocupación!

Veamos los versículos del 9 al 12 del capítulo 4 de Eclesiastés.

En contraste con esa soledad -pues el sabio tiene la capacidad de apreciar todo principio útil y bueno en la actividad humana- él estima valiosa la asociación en el trabajo y la contrasta con el trabajador solitario del que acaba de hablar.

“Mejores son dos que uno; porque tiene mejor paga de su trabajo”. Eclesiastés 4:9.

Ellos se relevan uno al otro, se calientan mutuamente a la hora de dormir, se prestan ayuda en la lucha y en la resistencia.

Pero mucho más, el hombre necesita una triple fuerza, pues tres es la cifra divina.

“… cordón de tres dobleces no se rompe pronto”. Eclesiastés 4:12.

Los creyentes disponemos de esta cifra tanto para la lucha como para el servicio.

“… habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo”. 1 Tesalonicenses 5:8.

Veamos los versículos del 13 al 16 del capítulo 4 de Eclesiastés.

Cuando se trata del gobierno de los hombres, la juventud y la pobreza, pero con sabiduría, son preferibles al poder y a la vejez desprovista de inteligencia y que no admite consejos.

Este hombre… viejo y necio es comparable al siervo y al pobre indebidamente revestido de la dignidad real.

¡Cuántos ejemplos similares se ven en la historia de los reinos!

Pero incluso el éxito del joven que viene tras el viejo rey no es duradero.

La complacencia del pueblo es inestable.

De esta manera, desde el versículo 5 del capítulo 4 de Eclesiastés, el final de este capítulo constituye la parte de lo que puede ser moralmente provechoso en los asuntos humanos pero, no obstante y a pesar de todo, llega a la conclusión de que… esto es también vanidad y aflicción de espíritu.

* Capítulo 5 de Eclesiastés.

Veamos los versículos del 1 al 12 del capítulo 5 de Eclesiastés.

Al considerar a primera vista la estructura de este libro, la parte proverbial del Eclesiastés -en la cual nos introducimos ahora y que alcanzará su plena expresión en los capítulos 10 y 11 de Eclesiastés- podría hacernos pensar que carece de continuidad con los capítulos anteriores.

Pero para convencernos de lo contrario, basta con notar que la palabra vanidad domina tanto en esta parte proverbial como en el discurso que hayamos al comienzo.

Efectivamente, todas las sentencias del Eclesiastés finalizan con esa palabra.

Los versículos del 1 al 7 del capítulo 5 de Eclesiastés, prosiguen el curso de los pensamientos presentados en los versículos 5 a 16 del capítulo precedente, es decir, que forman parte de lo que, debajo del sol, puede estar en concordancia con los pensamientos de Dios.

Estos textos nos enseñan lo que pertenece al temor de Dios en medio de las vanidades de la tierra (Eclesiastés 5:7).

Tal como lo he dicho, el temor de Dios forma parte de los objetivos del Eclesiastés.

Este principio es, incluso, el único que dirige la conducta del sabio en un mundo en el que todo es vanidad y correr tras el viento.

La necesidad de tal temor se encontraba enunciada ya en el capítulo 3 de Eclesiastés, versículo 14, las últimas palabras de este libro nos mostrarán que ello… es el todo del hombre.

Efectivamente, eso es lo único que debía caracterizar al hombre que, aun cuando estaba en relación con Dios por medio de la fe, todavía no había recibido una revelación concreta de parte de él.

En estos primeros versículos hallamos cómo deben ser las relaciones entre Dios y el hombre, cuando éste se acerca a él en su casa.

En primer lugar, lo que el hombre debe hacer es escuchar lo que Dios tiene que decirle.

Esta actitud contrasta con la de los necios, los cuales ignoran el carácter de Dios y van allí a ofrecer sacrificios que no tienen ningún valor ante sus ojos.

Luego (Eclesiastés 5:2, 3), leemos que el temor de Dios nos hará proferir pocas palabras ante aquel que está en los cielos.

El necio hará exactamente lo contrario.

Finalmente (Eclesiastés 5:4-7), es necesario cumplir toda promesa que se hace, es decir, es preciso materializar toda decisión tomada libremente, de consagrarse a Dios y de servirlo sin restricciones.

Es pecado el hecho de que después de haber pronunciado una promesa se desdiga, poniendo como pretexto que fue un error involuntario cometido delante del ángel, quien fue testigo de ello.

El necio hace tales cosas.

El que teme a Dios no revoca la palabra con que se comprometió ante él.

Todas las relaciones con Dios se resumen en esta sola palabra… temor.

No debemos olvidar que existen vanidades, incluso en la pretensión de haber recibido comunicaciones directas de parte de Dios (mediante sueños) y que a menudo los sueños, en lugar de ser una comunicación de Dios, son el fruto de la mucha ocupación que se tuvo durante el día (Eclesiastés 5:3, 7).

Los versículos 8 y 9 del capítulo 5 de Eclesiastés, se relacionan con los tres primeros versículos del capítulo 4 de Eclesiastés.

El sabio no ha de sorprenderse cuando ve que se oprime al pobre y se pervierte el derecho, pues Dios considera todas las injusticias que se cometen en el mundo, y él es el juez supremo (Salmo 11:5).

Los versículos del 9 al 17 del capítulo 5 de Eclesiastés, acentúan nuevamente la vanidad de las riquezas y del amor al dinero, en contraste con el cultivo del suelo.

El aumento de los bienes hace que también se incremente el número de aquellos que los comen.

El hombre que posee tales bienes, jamás puede gozar del reposo, mientras que éste es dulce para aquel que trabaja, aunque materialmente no se encuentre en una posición holgada.

Todo este pasaje, desde el versículo 4 del capítulo 4 de Eclesiastés, nos muestra, juntamente con el mal y la opresión que reinan en el mundo, ciertas consecuencias dichosas de una conducta que está de acuerdo con los principios del gobierno de Dios.

Veamos los capítulos 5:13 al 6:12 de Eclesiastés.

Desde el versículo 13 del capítulo 5 de Eclesiastés, hasta el final del capítulo 6 de Eclesiastés, el predicador vuelve a tratar el tema del mal doloroso que ha visto debajo del sol y que describe en el capítulo 4 de Eclesiastés, versículos 1 al 3.

Veamos los versículos del 13 al 17 del capítulo 5 de Eclesiastés.

Las riquezas sirven para detrimento de aquellos que las poseen (no olvidemos que, para los judíos, las riquezas eran una señal del favor de Dios).

O bien tales riquezas perecen, y a los hijos que debían heredarlas no les queda nada, o, finalmente, el rico las abandona a causa de su muerte y parte desnudo, como cuando salió del vientre de su madre.

Nace y muere, y lo que vive entre su nacimiento y su muerte no es más que tinieblas, afán, dolor y miseria.

Finalmente (Eclesiastés 5:18-20), hallamos por tercera vez (Eclesiastés 2:24, 25 - Eclesiastés 3:12, 13) el epílogo de todas estas amargas y dolorosas experiencias.

“He aquí, pues, el bien que yo he visto: que lo bueno es comer y beber, y gozar uno del bien de todo su trabajo con que se fatiga debajo del sol, todos los días de su vida que Dios le ha dado; porque esta es su parte”. Eclesiastés 5:18.

No existe para el hombre otra cosa que este corto goce presente, pues el único recuerdo que él guarda consiste en evocar sus penas y trabajos, y como el porvenir le es desconocido, no puede ser mencionado.

Sólo al final del libro vemos a dónde conduce tal gozo.

* Capítulo 6 de Eclesiastés.

Este capítulo es la continuación del capítulo precedente.

Prosigue describiendo el cuadro del mal doloroso que se ve debajo del sol.

Veamos los versículos del 1 al 6 del capítulo 6 de Eclesiastés.

Se contempla a aquel rico colmado de bienes, y al cual no le falta nada de todo lo que desea, pero Dios no le ha dado la facultad de disfrutar de ellos y los disfruta un extraño.

Se ve a un hombre que tiene una numerosa posteridad y que llega a una edad avanzada.

Éste no se sacia de bienes como el primero y he aquí que al morir carece de sepultura y ni siquiera halla reposo para su cuerpo.

Aunque llegase a vivir dos milenios, nunca podría ver la felicidad.

El final de ambos es la muerte.

Ciertamente, la parte de un abortivo, el cual nunca ha visto el sol, es más dichosa que la de ellos.

Veamos los versículos del 7 al 12 del capítulo 6 de Eclesiastés.

Así como lo hizo antes, el predicador llega a la conclusión de que todo el trabajo del hombre acaba en un goce material, sin que su deseo quede satisfecho.

El sabio no tiene ventajas sobre el necio, la ciencia para orientar su vida no le otorga superioridad sobre los otros hombres.

¿Adónde conduce todo esto?

La vida vale más que el deseo.

Este último también es vanidad y correr tras el viento.

La vanidad se multiplica con sus objetos, el hombre mismo pasa como una sombra.

“¿quién enseñará al hombre qué será después de él debajo del sol?”. Eclesiastés 6:12.

Nuevamente, en el Eclesiastés, el más allá permanece invisible y completamente cerrado al hombre.

Una absoluta incertidumbre lo rodea por todas partes: todo es vanidad.

Continúa en… El Predicador III ©

El Predicador I ©


El Eclesiastés es el libro del Predicador.

¿Quién podría dudar que ese predicador fue Salomón? (Eclesiastés capítulos 1, 2, 12)

Sin embargo…

Este hecho es negado por ciertos eruditos que están habituados a poner en duda todo, salvo su propia ciencia.

Pero tal negación no debe sorprendernos, porque ningún hombre, por instruido que sea, puede llegar a comprender ni aun los más simples pensamientos de Dios, si no es por medio del Espíritu de Dios.

El creyente, al haber recibido este Espíritu que sondea todas las cosas, tiene la capacidad de penetrar en los secretos de la sabiduría y de comprender el objetivo de Dios al darnos estas instrucciones de las cuales podemos aprovechar.

Esto es precisamente lo que hace el predicador… él quiere reunir alrededor de sí a aquellos que tienen oídos para oír, para instruirlos y para comunicarles su experiencia.

La enseñanza del predicador tiene un carácter muy particular, que no se halla en ningún otro libro de la Biblia.

Ustedes podrán comprobarlo mediante las siguientes consideraciones…

En el Génesis, vemos a un hombre, el primer Adán, sin el conocimiento del bien y del mal, en medio de una creación que había salido hermosa y buena de las manos de Dios.

Un hombre relacionado con su creador y que sabía que él juzga toda desobediencia.

Un hombre que tenía una mente capaz de comprender y de gustar todo lo que lo rodeaba.

Un organismo apto para ejercer un dominio efectivo sobre el mundo entero.

Un corazón capaz de amar y que recibió de Dios un objeto digno de sus afectos.

Para ser feliz, este hombre sólo tenía que permanecer dependiente del ser soberanamente bueno, que puso la creación bajo sus pies.

Pero…

¿Qué sucedió?

Ante la primera tentación, este hombre, en lugar de mantenerse en el temor de Dios se enorgulleció, estimó como un objeto que podía arrebatar el ser igual a su creador, obró con independencia cayó y toda su felicidad se derrumbó.

De allí en adelante, el hombre fue incapaz de hacer el bien, se convirtió en un esclavo del pecado.

El mundo está arruinado, la muerte entró en él, el cielo quedó cerrado para el hombre y el juicio de Dios es su único porvenir, a menos que la gracia intervenga para salvarlo.

Tal es, efectivamente, el único recurso cuya revelación dio Dios al hombre inmediatamente después de la caída (Génesis 3:15).

Como cumplimiento de esta revelación, he aquí ahora un segundo caso… el segundo Adán prometido, que entró, no en la escena pura y buena de la creación en la que el hombre había sido colocado, sino en la escena de pecado y de muerte establecidos por la desobediencia del primer Adán.

Él entró allí no con la inocencia del primer hombre, sino en perfecta santidad.

Entró resueltamente, en pleno conocimiento del estado del mundo, con un objetivo determinado, con la sabiduría que vino, no para hacer la desoladora comprobación de la ruina que existe en el mundo y de la absoluta inutilidad de cambiar algo en él, sino que vino para proveer un remedio a ello.

Efectivamente, la sabiduría divina provee, mediante este Hombre, no un alivio a la miseria del hombre, un alivio que ni aun la sabiduría de Salomón habría podido ofrecerle, sino un remedio absoluto contra esa miseria, dándole completa liberación.

Se debe a que la sabiduría de Dios en Cristo no provenía solamente de la fuente divina, sino que tal sabiduría es la fuente divina misma en un Hombre perfecto.

La fuente de la luz para disipar las tinieblas.

La fuente de vida para vencer a la muerte.

La fuente de la purificación para quitar el pecado y reconciliar al hombre con Dios.

Esta sabiduría divina en un Hombre era la luz para poner al descubierto el mal y, a la vez, para manifestar el amor divino que le brinda el remedio.

Desde la eternidad, antes de toda creación, antes de la existencia del mal, antes de la caída, esta sabiduría tenía sus delicias con los hijos de los hombres (Proverbios 8:31) y deseaba hallar su regocijo en ellos.

La sabiduría estaba en perfecto acuerdo con aquel que la había engendrado…

“He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Hebreos 10:7.

- Dice ella al entrar en el mundo.

Esta sabiduría era amor.

¿Qué recibimiento se le dio?

El predicador, por sabio que haya sido, no halló personalmente en este mundo ni mala voluntad ni odio.

Sin duda comprobó que allí todo es vanidad, dolor y aflicción de espíritu (o correr tras el viento), pero sus propias experiencias lo sujetaban a él mismo a la vanidad de todas las cosas.

No fue así con la sabiduría personificada en el Hombre Cristo Jesús.

El mundo entero se levantó contra él, lo abrumó con sus injurias y esputos, y lo clavó en una cruz, porque el hombre no pudo soportar la verdad y porque menospreció la gracia, porque prefirió la esclavitud de Satanás en vez de la reconciliación con Dios.

Pero el acto mismo por el cual el hombre rechazó a Cristo… vino a ser el medio de la salvación para el pecador.

El libro del Eclesiastés nos presenta un tercer caso.

No vemos en él a un hombre -Salomón- inocente como Adán antes de su caída, sino a uno que conoce el bien y el mal.

Sin embargo…

Este hombre se encuentra relacionado con Dios, como lo estaba Adán.

Como éste, él posee los primeros rudimentos de las palabras (u oráculos) de Dios… la fe en Dios y el conocimiento del juicio eterno (Hebreos 5:12 - Hebreos 6:1-2).

Sólo que aquí, en el Eclesiastés (*1), no se nos presenta como habiendo recibido una revelación que lo coloca en relación con Jehová, el Dios del pacto (*2).

En las condiciones que acabo de describir, en las cuales se encontraba el Eclesiastés, es decir, conociendo el bien y el mal, y relacionado con Dios sin tener una revelación, el conocimiento de Dios necesariamente está acompañado con el temor de Dios y con la certitud de que él debe ser un juez para todos los hombres.

Tal es el cuadro moral del predicador, de hecho, salvo el conocimiento que él posee del bien y del mal, su estado es parecido al de Adán antes de la caída.

Situemos ahora a este hombre en medio de una creación mancillada y corrompida por el pecado.

Démosle una capacidad ilimitada para gozar de la vida y de todas las cosas buenas y agradables que contiene el mundo.

Démosle, finalmente, el don de discernir todas las cosas que hay debajo el sol, una sabiduría procedente de la fuente divina que Adán no tenía, pero confiada a un ser tan débil que ella no puede preservarlo de las más humillantes experiencias personales.

Coloquemos ante este hombre la tarea de hallar, por la sabiduría, un medio para vivir, para ser feliz y para regocijarse en este ambiente corrompido.

Hagámosle gustar de todos los goces terrenales y permitámosle sondear todas las cosas de aquí abajo… conocimiento, poder, riqueza, obras de la creación, satisfacción de todos sus deseos, démosle todo lo que se puede adquirir mediante el trabajo, hagámoslo probar incluso la locura (no obstante, sin abdicar a la sabiduría), a fin de conocer también lo que hay en el fondo de ella y si ella puede aportar algún gozo a su alma.

Situado en este medio…

¿Qué sucederá con este hombre?

Inmensa lección, cuyo resultado, por un lado, es la desgracia más completa, la desilusión, el disgusto por todo, incluso por el conocimiento (pues aplicado a las cosas de la tierra, en lugar de satisfacer al sabio, tal conocimiento deja en su boca un sabor amargo del cual no puede librarse), y por otro lado, la certeza de que en ausencia de una revelación no puede haber un recurso para el hombre, sino el temor de Dios, pero desgraciadamente… de un Dios delante de cuyo juicio será preciso presentarse al fin.

Este libro no se extiende más allá en sus consideraciones, aunque el resultado obtenido es ya de importancia fundamental (Eclesiastés 12:13).

Al llegar a este punto, se necesitará una revelación para que el alma descubra en este Dios juez a un Dios salvador y para darle finalmente una felicidad que no podría obtener ni por la sabiduría más grande, ni por el conocimiento de Dios como creador y como juez.

Sólo es dado el primer paso, pues Salomón mismo nos enseña que el temor de Jehová es para vida (Proverbios 19:23).

Lo que acabo de decir explica porque el nombre de Jehová, quien se reveló como el Dios del pacto con Israel, el Dios que no sólo se había dado a conocer bajo la ley por su justicia, sino también por su bondad y su misericordia -antes de revelarse en el evangelio como el Dios de amor y de gracia- explica porque, digo, el nombre de Jehová no aparece en este libro.

Salomón lo conocía como tal en el libro los Proverbios, pues, incluso cuando en éste habla del temor, lo que él menciona es el temor de Jehová, pero en el Eclesiastés, Salomón se abstrae, por decirlo así, del conocimiento del Dios del pacto, a fin de llegar a sondear lo que es el mundo en sí mismo para el más sabio, el más poderoso y el más afortunado de los hombres, pero privado de una revelación.

Otra gran característica marca una diferencia entre el predicador y el primer Adán antes de su caída.

Este último, mientras no tenía el conocimiento del bien y del mal, no sufría.

Su vida transcurría…

¿Cuánto tiempo duró?

En la prístina frescura de la inocencia y la felicidad de poseer sin ninguna restricción, salvo en una sola cosa, todo lo que podía desear de las cosas visibles.

En el Eclesiastés contemplamos al hombre en medio de las circunstancias que siguieron a la caída, pero con la facultad de gozar de todo lo que la tierra le presenta.

Sin embargo…

Vemos que la sabiduría de Salomón no le brinda allí ninguna satisfacción.

Todo es aflicción de espíritu, la corrupción se encuentra mezclada en todo, hay un gusano en el corazón del más hermoso fruto y el predicador afirma estas cosas al final de su vida (Eclesiastés 7:25-29).

En esas condiciones, conocer equivale a sufrir, es lo que aprendemos en este libro en toda su extensión.

Finalmente, la sabiduría misma hace descender a este hombre a su propio corazón, pues Dios puso el mundo en el corazón del hombre (Eclesiastés 3:11 JER 1976) (*3), y éste… descubre también allí la insensatez y la vanidad.

El predicador, quien conoce a Dios y tiene temor de él, exhorta a los hombres a que también tengan ese temor, y aplica esta sabiduría a su propia búsqueda de la felicidad en este mundo, pero en lugar de felicidad, sólo encuentra tormento y amargura.

Podría esperarse que, consciente de su sabiduría, hallara allí una compensación, pero él no pudo obtenerla.

No sólo que su sabiduría no pudo elevarse por encima del medio en que ella se ejercía, sino que su sabiduría misma se limitaba al presente, condenada a olvidar mucho del pasado por no haber podido sentirse completamente satisfecho, y en cuanto al porvenir, la sabiduría se encontraba ante una puerta cerrada, una puerta que sólo la revelación podía abrirle y tras la cual el más allá permanece como un secreto para la sabiduría a causa de que ésta no había recibido una revelación.

Esta puerta cerrada es la que tan a menudo da una apariencia racionalista a las experiencias del predicador.

Poseemos tres libros escritos por Salomón.

En el libro de los Proverbios, la sabiduría misma, en la cual por momentos reconocemos a Cristo, la sabiduría eterna personificada, toma al joven por alumno al principio de su carrera.

Ella obra como un maestro para conducirlo, bajo la mirada de Jehová -del Dios que se le ha revelado- por todos los caminos en los cuales el alumno puede honrarlo, apartándose… del Seol abajo (Proverbios 15:24).

Así, el joven, conducido por la sabiduría, mantiene puro su camino, prevenido por la palabra, es decir, por la revelación directa de Dios.

En el Eclesiastés, como lo acabamos de ver, no hay nada parecido a esto.

La sabiduría de los Proverbios conduce al hombre hacia la luz, la luz del Eclesiastés lo introduce en las tinieblas del hombre, en medio de todo lo que sucede… debajo del sol.

Además, entre estos dos libros, existe una diferencia digna de notarse cuando nos proponemos escribir sobre el Eclesiastés.

El libro de los Proverbios finaliza alabando a la mujer virtuosa, fuerte y sabia.

Ella es alabada -ésta es casi la última palabra que leemos en este libro- porque teme a Jehová y no busca ni la gracia ni la hermosura, las cuales son vanidad. (Proverbios 31:30)

De manera que Proverbios no insiste en la vanidad, porque el temor de Jehová caracteriza a la mujer virtuosa y corre como un hilo de oro en la trama del libro entero (Proverbios 1:7 - Proverbios 2:5 - Proverbios 8:13 - Proverbios 10:27 - Proverbios 14:26, 27 - Proverbios 15:16, 33 - Proverbios 16:6 - Proverbios 19:23 - Proverbios 22:4 - Proverbios 23:17 - Proverbios 31:30).

El Eclesiastés llega al fin de su discurso, y el tema con que concluye el libro es el temor de Dios (Eclesiastés 12:13), pero solamente después de haber experimentado las amargas decepciones de aquel que corre tras la felicidad y la alegría.

En este libro no es un hilo de oro el que atraviesa toda su trama, sino un hilo negro y este hilo negro es la vanidad.

El Cantar de los Cantares difiere totalmente de los dos libros precedentes.

De un extremo al otro se trata del cántico alternado del amor.

Nos habla de las relaciones restablecidas entre Cristo, el esposo, e Israel, su esposa, basadas en un deseo mutuo, después de haberse manifestado el completo fracaso de Israel, nación que no guardó su viña.

La esposa sabe que ella es de su amado y que su amado es de ella.

Su sabiduría consiste en conocer el amor.

Amén.

Dios Te Bendiga.

(*1) Es diferente en el libro de los Proverbios.
(*2) Como sucedió con Adán después de la caída.
(*3) La traducción de … eternidad en el corazón (RV 1960), aunque tenga sus defensores, parece no concordar con todo el pensamiento del Eclesiastés, el cual se mantiene fuera del dominio espiritual y sólo considera la persistencia de las cosas presentes con su desconsolante conclusión, la eternidad en el corazón jamás podría llevar al hombre a concluir que todo es vanidad.

“… y ha puesto eternidad en el corazón de ellos”. (RV 1960)

“… y aun el mundo dió en su corazón”. (RV 1909)

“… puso además en la mente humana la idea de lo infinito”. (DHH 1996)

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