
* Capítulo 7 de Eclesiastés.
El carácter cada vez más proverbial de los capítulos que siguen, nos obliga a considerarlos de manera mucho más detallada.
Este capítulo introduce un nuevo tema, que se podría titular.
La conducta de la sabiduría en medio de un mundo tal como ha quedado a causa del pecado, es decir, en medio de lo que sólo es vanidad, dolor y locura.
En los versículos del 1 al 9 del capítulo 7 de Eclesiastés, vemos que en este mundo hay cosas que tienen más valor que otras.
A pesar de todo el desorden y de la ruina, el sabio se esforzará en buscarlas para aprovechar de ellas.
Ya hemos visto un pensamiento parecido en el capítulo 4 de Eclesiastés, versículos 9 al 14.
En los versículos que considero ahora, las cosas provechosas son enfatizadas mucho más y se encuentran en directa oposición con lo que el mundo escoge o prefiere.
El sabio, necesariamente se halla aislado en un mundo en el que reina la muerte, el fruto del pecado.
Pero esta misma escena ofrece cosas mejores.
Estas cosas mejores que se presentan son 7, cifra que habla de las cosas completas.
“Mejor es la buena fama que el buen ungüento”. Eclesiastés 7:1.
En Proverbios 22:1, la buena fama entre los hombres es de más estima que las muchas riquezas.
Aquí ella es considerada como con los ojos de Dios y, delante de él, vale más que el ungüento con el cual eran ungidos los sacerdotes para consagrarlos a su servicio (Éxodo 30:23-33).
La actividad del sabio debe comenzar por la buena fama.
“… y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento”. Eclesiastés 7:1.
Este pensamiento sigue al primero.
Llegar al día de la muerte habiéndose consagrado realmente a Dios, vale más que la entrada en este mundo.
Dos veces en la vida del sabio, el mundo le había hecho desear no haber nacido nunca (Eclesiastés 4:3 - Eclesiastés 6:4, 5).
“Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón”. Eclesiastés 7:2.
En este mundo, donde domina la muerte, la casa en la cual entró el luto es mejor que aquella en la que reina la alegría.
Al sabio le conviene frecuentar la primera, porque allí se encuentra con la realidad, con el final de todo hombre, como consecuencia del pecado que reina en el mundo.
El que vive pone esto en su corazón, ve dónde termina todo el trabajo del hombre y no alimenta esperanzas y proyectos que la muerte puede aniquilar.
“Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría”. Eclesiastés 7:3, 4.
Contemplar el pesar de otro, ver correr sus lágrimas, mejora el corazón, lo dispone a manifestar simpatía, lo impulsa a ofrecer consolación.
Es así no sólo para el que ve sufrir, sino también para el que sufre.
Mediante la tristeza del rostro, Dios obra en el corazón del hombre para hacerle hallar cosas mejores.
Así dispuesto, el corazón de los sabios se encuentra, pues, en la casa del luto, ése es el lugar en que los afectos pueden ser ejercitados.
El corazón de los necios no conoce nada de estas bendiciones; se conforma con la alegría de un instante.
¿Qué permanecerá de ella?
¿No lo señala el mismo texto del Eclesiastés?
El Señor estima como bienaventurados a los que llevan luto, porque serán consolados (Mateo 5:4).
Y el creyente recibe una bendición de parte del Dios de toda consolación, y esta consolación es eterna (2 Tesalonicenses 2:16).
“Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios. Porque la risa del necio es como el estrépito de los espinos debajo de la olla. Y también esto es vanidad”. Eclesiastés 7:5, 6.
Los sabios aprovechan de todo aquello que han experimentado y lo utilizan para conducir a su prójimo por el camino recto.
Ellos han adquirido la autoridad para reprender y corregir.
Es mejor escucharlos y aprovechar sus consejos que oír la canción de los necios, pues ésta es agradable a los oídos, pero no tiene más sentido que el que la entona.
La risa del necio es efímera, se extingue tan pronto como el fuego hecho con espinos debajo de la olla, el cual arde y flamea sólo unos instantes.
Luego, todo vuelve a caer en el silencio de la muerte.
Esto también es vanidad.
“Ciertamente la opresión hace entontecer al sabio, y las dádivas corrompen el corazón. Mejor es el fin del negocio que su principio”. Eclesiastés 7:7, 8.
En este mundo existen dos peligros que acechan al sabio.
El primero es la opresión, que lo entontece y lo impulsa a la rebelión cuando ve todas las injusticias que se cometen debajo del sol (Eclesiastés 4:1-3).
El segundo, aún más grande, es la dádiva por la cual el corazón se deja corromper y es inducido a cometer las peores acciones.
Tales son siempre los dos medios que Satanás emplea para destruir a los hombres… la violencia y la corrupción o la astucia.
Por eso el fin es mejor que el principio.
Un corazón que ha tenido que enfrentarse con el mal, y lo ha hecho sin ira y sin rebelarse, que ha rehusado los presentes y no se ha dejado seducir, al cabo de la prueba llega como vencedor y éste era el fin que Dios quería producir.
“… mejor es el sufrido de espíritu que el altivo de espíritu. No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios”. Eclesiastés 7:8, 9.
A través de todas estas pruebas, el sabio aprendió lo que es la paciencia, él no se levantó delante del mal para oponérsele.
La paciencia siempre es humilde, mansa, apacible, sabe sufrir; alcanza las cosas prometidas (Hebreos 6:15).
La paciencia es el propio carácter de Cristo.
El que es paciente no se apresura, ni se enoja.
Maravilloso cuadro de la vida del sabio, en medio de las circunstancias producidas por el pecado, circunstancias que conspiran juntas para provocar su enojo, para irritarlo o para seducirlo.
El sabio atraviesa un mundo cuyo carácter conoce muy bien.
En ese ambiente sólo puede esperar sufrimientos, pero él sale victorioso al seguir los principios diametralmente opuestos a todo lo que dirige a los hombres.
Veamos los versículos del 10 al 12 del capítulo 7 de Eclesiastés.
No es sabio decir que el tiempo pasado fue mejor que el presente.
Todos los hombres (salvo los sabios) tienden a pensar que el pasado fue mejor.
Decir eso no es fruto de la sabiduría, porque ella ha adquirido un juicio claro sobre el estado en que se encuentra el mundo.
Además estaría en contradicción con todo lo que el predicador nos ha enseñado al calificar con la terrible palabra vanidad a todo lo que está debajo del sol desde que se introdujo el pecado.
Es cierto que todo está perdido y corrompido, pero hay algo que permanece y que es tan bueno como una herencia… la sabiduría, es decir, la posesión del pensamiento de Dios.
Ella es provechosa, pues brinda un amparo como un escudo, del mismo modo que, en el orden de las cosas humanas, las riquezas brindan amparo.
Poseer tal sabiduría es, de hecho, la única y permanente riqueza.
Aún más, para el que la posee, ella es una fuente de vida.
Y, mucho más aún, los creyentes en Cristo podemos decir.
“… la sabiduría excede, en que da vida a sus poseedores”. Eclesiastés 7:12.
Pues poseemos a Cristo, sabiduría de Dios (1 Corintios 1:24).
Veamos los versículos 13 y 14 del capítulo 7 de Eclesiastés.
“Mira la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que él torció? En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él”. Eclesiastés 7:13, 14.
El sabio continúa su actividad en medio de un mundo arruinado por el pecado.
Allí encuentra la obra de Dios, y también el resultado del mal, que no puede ser enderezado, pues las cosas están torcidas por el pecado (Eclesiastés 1:15).
Pero Dios deja que estas cosas torcidas subsistan y las utiliza.
Él puso unas frente a las otras… el día del bien, del cual el hombre es invitado a gozar, y el día de la adversidad, que lo conduce a reflexionar.
De este modo, el hombre seguirá ignorando lo que habrá después de él.
Tal conclusión está plenamente de acuerdo con el libro del Eclesiastés, en el cual todo acceso a las cosas invisibles permanece oculto a los ojos del ser humano, a fin de que éste aprenda a ver la vanidad de las cosas que lo rodean, cuya armonía fue turbada por completo a causa de la caída del hombre.
El versículo 15 del capítulo 7 de Eclesiastés, confirma lo que acabo de decir.
“Todo esto he visto en los días de mi vanidad. Justo hay que perece por su justicia, y hay impío que por su maldad alarga sus días”. Eclesiastés 7:15.
Esos días de vanidad que han colmado la vida del sabio lo han llevado a ver la absoluta contradicción que existe entre lo que habría debido ser, según Dios y lo que está torcido.
¡La justicia del justo lo conduce a la muerte!
¿No es como una anticipación profética de lo que habría de enfrentar el mismo Jesús?
Por otra parte existe el impío cuya maldad alarga sus días.
La visión del predicador siempre está limitada a lo que pasa… debajo del sol.
Esta concepción de los hechos es completamente diferente a la que hallamos en los Salmos, por ejemplo, los cuales nos describen lo que les espera a los impíos.
Los versículos del 16 al 18 del capítulo 7 de Eclesiastés, constituyen la continuación de lo que acabamos de ver.
El predicador había hablado de la justicia y de la impiedad.
Ahora señala que se pueden cometer excesos en dos direcciones y cuáles son las consecuencias de ello.
Cuando se trata de la justicia y de la sabiduría, se puede llegar a exceder la medida, tanto en una como en la otra.
En este caso no es otra cosa que orgullo, el cual nos hace exagerar esas virtudes para enaltecernos a nosotros mismos por medio de ellas.
Pero…
“Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu”. Proverbios 16:18.
Por eso aquí, el predicador dice…
“¿por qué habrás de destruirte?”. Eclesiastés 7:16.
Pero también vemos que se puede hacer mucho mal, este pensamiento concuerda con el Eclesiastés, el cual nos brinda una descripción del mundo transformado por las consecuencias del pecado y no provee nuevos principios contra este desorden, porque no presenta una revelación que puede introducirlos.
Aquí, pues, el hecho de hacer mucho mal se considera como aquello que conduce a una muerte temprana…
“¿… habrás de morir antes de tu tiempo?”. Eclesiastés 7:17.
Sea cual fuere el triste estado en que se encuentre el mundo, el hecho es que éste permanece como el ámbito del gobierno de Dios, quien condena todos los excesos cometidos por el hombre y le hace sentir las consecuencias de ellos, sobre todo cuando el ser humano da rienda suelta a su maldad.
¡Cuán evidente es esto en el estado en que actualmente se encuentra el mundo, donde la maldad del hombre no tiene límites!
Tal situación proviene de la completa carencia de temor de Dios.
“Bueno es que tomes esto, y también de aquello no apartes tu mano; porque aquel que a Dios teme, saldrá bien en todo”. Eclesiastés 7:18.
He aquí la tercera vez que en este libro aparece la expresión… teme a Dios (Eclesiastés 3:14 - Eclesiastés 5:7), como el único medio que ampara al hombre para que no lo alcance el juicio.
Veamos el versículos 19 del capítulo 7 de Eclesiastés.
Después de haber hecho la advertencia contra el exceso de sabiduría, el predicador proclama resueltamente los méritos de ella.
“La sabiduría fortalece al sabio más que diez poderosos que haya en una ciudad”. Eclesiastés 7:19.
Ella no sólo es una fuente de vida para aquel que la posee (Eclesiastés 7:12), sino que el sabio halla en ella la fuerza que necesita.
El está protegido por ella contra los ataques del enemigo, más de lo que una ciudad podría estar protegida por diez hombres poderosos.
Veamos los versículos del 20 al 24 del capítulo 7 de Eclesiastés.
Pero mediante la sabiduría aprendo a conocerme.
Ella es de origen divino y me hace saber lo que Dios mismo declara.
“Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque”. Eclesiastés 7:20.
Y esto concierne tanto al sabio como a los demás hombres.
El sabio…
¿Es el único que habrá hecho el bien?
¿No habrá prestado oídos a noticias falsas?
¿No habrá hecho que su siervo hablara mal de él?
¡Ah!
¡Cuántas veces él mismo habló mal de otros!
¡Cuántas veces, cuando dijo… seré sabio, la sabiduría huyó lejos de él!
Y…
¿Cómo reparar el mal producido por esa falta de vigilancia?
En los versículos del 25 al 29 del capítulo 7 de Eclesiastés, el predicador relata su propia historia…
¡Una historia verdaderamente amarga!
Como lo expresó al principio de su libro (Eclesiastés 1:17), se dedicó a buscar la sabiduría y a conocer que la maldad y la locura son tontería y desvarío.
La tentación y la seducción llegaron a él por medio de la mujer (1 Reyes 11:4), y él, a quien Dios había favorecido en tan gran manera, en lugar de huir de ella, pecó y vino a ser presa de aquella que lo sedujo.
Así llegó a la cruel conclusión, más amarga que la muerte, de que no hay entre todas éstas quien no utilice las concupiscencias como lazos y redes y cuyas manos no sean cadenas para mantener cautivo al que ella ha apresado.
Y aun, qué insigne rareza es hallar en la tierra a un hombre que pueda brindar ayuda mediante su sabiduría o su inteligencia.
“… un hombre entre mil he hallado, pero mujer entre todas éstas nunca hallé”. Eclesiastés 7:28.
Si las búsquedas del sabio lo han hecho llegar a estas desoladoras conclusiones, al menos extrajo un beneficio de ello.
“He aquí solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones”. Eclesiastés 7:29.
En el principio, cuando salió de las manos del creador, el hombre era recto.
En pasajes anteriores, el predicador señaló que la creación era bella (Eclesiastés 3:11) y que ahora todo está torcido (Eclesiastés 1:15 - Eclesiastés 7:13).
Ha sobrevenido la ruina, no causada por Dios, sino por el hombre.
“… pero ellos buscaron muchas perversiones”. Eclesiastés 7:29.
Así fue en el huerto de Edén, cuando la mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría.
¡Cuántos razonamientos!
Y desde entonces siempre ha sido igual.
* Capítulo 8 de Eclesiastés.
Veamos el versículo 1 del capítulo 8 de Eclesiastés.
La experiencia de la cual el predicador acaba de hablar y que es tan humillante para él, no disminuye en nada el valor de la sabiduría.
“¿Quién como el sabio? ¿y quién como el que sabe la declaración de las cosas? La sabiduría del hombre ilumina su rostro, y la tosquedad de su semblante se mudará”. Eclesiastés 8:1.
La sabiduría otorga una inmensa ventaja al hombre, mediante ella, éste halla la explicación de las cosas que tienen lugar debajo del sol.
Ella le da una apariencia exterior que atrae e inspira confianza, pues la sabiduría lo hace humilde y la humildad se lee en los rasgos de su rostro.
Veamos los versículos del 2 al 4 del capítulo 8 de Eclesiastés.
Eso fue una realidad en Salomón.
Su autoridad se manifestaba de manera amable a causa de su sabiduría, pero era tanto más necesario someterse a ella y obedecerle.
El rey es el representante de la autoridad de Dios para castigar el mal y recompensar el bien.
Es bueno permanecer en contacto habitual con él pues ello impedirá perseverar en el mal y permitirá mantenerse en el bien.
Dios confió al rey el poder, de modo que éste hace lo que le place y no da cuenta de ello a nadie.
Veamos los versículos del 5 al 7 del capítulo 8 de Eclesiastés.
La sumisión a las órdenes de la autoridad pone al hombre a resguardo de todo mal.
En este pasaje se trata del gobierno de Dios confiado a la autoridad y considerado en su principio, tal como en Romanos 13:1-5.
El sabio va más lejos.
“… discierne el tiempo y el juicio… Porque para todo… hay tiempo y juicio”. Eclesiastés 8:5, 6.
Sabe que si es preciso obedecer y si hay un tiempo para el ejercicio de la autoridad, el que la ejerce es responsable ante Dios y que todo vendrá a juicio (Eclesiastés 3:16, 17).
Mientras espera esto el hombre, a consecuencia de su miserable estado pecaminoso, es mantenido en la ignorancia, tanto de lo que ha de ser como de cuándo será.
Como tan a menudo lo he señalado, el más allá le está oculto.
Veamos los versículos del 8 al 11 del capítulo 8 de Eclesiastés.
Sin embargo…
Aunque el poder se le confíe al rey, hay un dominio -el del espíritu- sobre el cual él no tiene ningún poder.
Esto es tan cierto del espíritu del hombre como del Espíritu de Dios.
El espíritu es libre.
El hombre tampoco tiene poder sobre la vida del cuerpo.
Sólo Dios es el que determina el día de la muerte, a pesar de todas las apariencias en contrario, y el que cree que mediante la impiedad tiene poder sobre ella, correrá tal suerte que no tendrá liberación.
Hay tiempos en que la autoridad se ejerce sobre los hombres enseñoreándose de ellos para su mal, en contradicción con lo que hemos visto al comienzo de este capítulo.
Este libro siempre hace resaltar el contraste que existe entre lo que Dios ha establecido y lo que el hombre ha hecho de ello.
Asimismo, nos muestra a los malos partiendo de este mundo con honores funerarios, mientras que aquellos que hicieron el bien y se mantuvieron en la presencia de Dios, frecuentando el lugar santo, dejan esa presencia y son puestos en olvido por sus conciudadanos.
Notemos que aquí, como por todas partes en este libro, la presencia de Dios se limita a la tierra, y que hay un velo establecido entre la muerte y lo que viene después.
El olvido se cierne sobre los muertos y el predicador puede exclamar.
“… Esto también es vanidad”. Eclesiastés 2:19.
Por así decirlo, él enlaza sus pensamientos a su tesis inicial.
“… todo es vanidad”. Eclesiastés 1:2.
Veamos los versículos del 11 al 14 del capítulo 8 de Eclesiastés.
No hay un juicio inmediato sobre los impíos (en el Eclesiastés siempre se mantiene la verdad del juicio), de manera que ellos se aprovechan de esa impunidad para pensar en el mal y para hacerlo.
Ellos cuentan con tal impunidad y prolongan sus días (Eclesiastés 7:15), pero, finalmente, los que temen a Dios saldrán bien en todo (Eclesiastés 7:18), mientras que la desdicha del impío y su ruina final provienen de la ausencia de ese temor.
“… ni le serán prolongados los días”. Eclesiastés 8:13.
Esto parece estar en contradicción con el versículo 12 del capítulo 8 de Eclesiastés, pero Dios no se contradice jamás.
En el primer caso se trata de la apariencia, pues el juicio sobre el malo no se ejerce inmediatamente, en el segundo caso, Dios es el que pone fin a la vida del malo, cuando la hora de su juicio llega.
El impío…
“… no teme delante de la presencia de Dios”. Eclesiastés 8:13.
A medida que se avanza en el estudio de este libro, se discierne que el temor de Dios es el único punto luminoso en medio de las preguntas que la sabiduría -enfrentada con el enigma del mundo tal como existe- intenta en vano responder.
Aquí la vanidad consiste en que…
“… hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos”. Eclesiastés 8:14.
Librada a sí misma, la sabiduría no puede descubrir la causa de ello, porque se encuentra limitada a la esfera de las cosas visibles.
“… Esto también es vanidad”. Eclesiastés 2:19.
Veamos los versículos del 15 al 17 del capítulo 8 de Eclesiastés.
“Por lo tanto… no tiene el hombre bien debajo del sol, sino que coma y beba y se alegre”. Eclesiastés 8:15.
(Eclesiastés 2:24 - Eclesiastés 3:12, 13, 22 - Eclesiastés 5:18 - Eclesiastés 6:7)
Esta es una conclusión desconsoladora.
Pues…
¿Dónde termina esto?
Eso es todo lo que queda del trabajo del hombre.
Y el hombre, a pesar de todo su trabajo, es incapaz de descubrir la obra que se hace debajo del sol.
Es, pues, preciso que remita a Dios su obra, el hombre no puede comprenderla…
¡Y aun el sabio está obligado a reconocer su ignorancia!
* Capítulo 9 de Eclesiastés.
Los versículos del 1 al 12 del capítulo 9 de Eclesiastés, manifiestan la desalentadora conclusión de todo lo que fue dicho precedentemente.
Veamos los versículos del 1 al 10 del capítulo 9 de Eclesiastés.
El alma se esfuerza en proseguir las investigaciones de la sabiduría en los asuntos del mundo.
Está sobrecogida por las contrariedades de la vida.
El justo y el impío, el limpio y el no limpio tienen la misma suerte.
Es inevitable morir.
“… el corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos”. Eclesiastés 9:3.
Una vez muertos… sea amor o sea odio, no lo saben los hombres, así que leemos.
“También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol”. Eclesiastés 9:6.
El silencio de la muerte los envuelve, la sabiduría no puede penetrar en ese dominio completamente cerrado para la mente del hombre, de ahí surge la conclusión que asegura que más vale vivir aun en esta miseria que morir.
Un perro (el ser más despreciable) vivo es mejor que un león (el ser noble y fuerte por excelencia) muerto.
Al menos el que vive sabe que tiene que morir -certeza amarga, pero certeza al fin, pero los muertos nada saben.
El conocimiento humano más elevado conduce a similares conclusiones.
La ciencia sin la revelación siempre será incrédula.
Por eso no puede ver nada más allá de la muerte.
Adiós, pues, a la actividad, al trabajo, al amor y al odio, al conocimiento y a la sabiduría.
Sin embargo…
El final del libro lo enfatizará con mucha mayor fuerza que al comienzo, para el sabio que está relacionado con el Dios creador subsisten dos cosas… el temor de Dios y la certeza del juicio.
Veamos los versículos del 7 al 10 del capítulo 9 de Eclesiastés.
Para el momento actual no queda nada.
Pero…
¿Qué estoy diciendo?
Queda la actividad de un día, esa sombra que pasa, con los goces que ello implica.
“Anda, come tu pan con gozo, bebe tu vino con alegre corazón, porque tus obras ya son agradables a Dios. En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza. Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad... porque esta es tu parte en la vida, y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol”. Eclesiastés 9:7-9.
Y esta invitación a alegrarse…
¿No es aún más amarga que la desesperanza que sale de la boca de un hombre cuya sabiduría -aunque busca agradar a Dios- sondeó hasta en sus últimos repliegues la vanidad de todas las cosas?
Veamos los versículos 11 y 12 del capítulo 9 de Eclesiastés.
El sabio se vuelve nuevamente (Eclesiastés 4:1, 7) y ve que todas las cualidades, aun las más eminentes de la sabiduría no conducen a ningún resultado exitoso.
Todo termina en una catástrofe repentina y final.
Veamos los versículos del 13 al 18 del capítulo 9 de Eclesiastés.
Finalmente el predicador vio debajo de sol una sabiduría que a él le pareció grande… gracias a un solo hombre pobre y sabio, todo el poder, todos los recursos que puede desplegar un gran rey fracasan en su intento de destruir a una pequeña ciudad que no tiene recursos.
Este pobre ha sido el salvador y el libertador de seres indefensos.
“Entonces dije yo: Mejor es la sabiduría que la fuerza… ”. Eclesiastés 9:16.
Pero el mundo desprecia la sabiduría del pobre y sus palabras no son escuchadas.
“… y nadie se acordaba de aquel hombre pobre”. Eclesiastés 9:15.
¡De qué modo este corto pasaje nos inunda de una luz inesperada!
Sólo hay una sabiduría que puede librar al hombre que no tiene recursos y es presa de las acciones de Satanás, quien intenta destruirlo.
Esta sabiduría se encuentra en aquel al que los Salmos llaman tan a menudo… el pobre.
La liberación es un hecho, un logro consumado por él.
¿Será oído este llamado?
¡Es necesario escucharlo en quietud para hallar la salvación!
* Capítulo 10 de Eclesiastés.
Es de señalar que el tema propiamente dicho del Eclesiastés termina en el capítulo 9 y que no expresa sus conclusiones hasta el capítulo 12.
Lo último que había comprobado, según leemos en el capítulo 9, fue el hecho de que el hombre pobre y sabio que obró una gran liberación, había sido rechazado y que nadie se acordaba de él.
Esto concuerda plenamente con la tristeza del predicador, pero también con todo el propósito del libro, que no nos hace penetrar en el porvenir.
En estos textos, las consecuencias de haber rechazado al hombre pobre -que para nosotros, cristianos, son las consecuencias eternas de la obra de Cristo- no son mencionadas.
Los capítulos 10 y 11 de Eclesiastés, vuelven a tomar, de manera particular, la forma proverbial que se hace tan evidente desde el capítulo 4 de Eclesiastés, versículo 5, hasta el capítulo 7 de Eclesiastés.
Esta forma es la que domina completamente los pasajes que abordamos ahora, para llevarnos de nuevo a considerar la sentencia.
“… Todo cuanto viene es vanidad”. Eclesiastés 11:8.
La lección especial de estos dos capítulos consiste en una enseñanza brindada por la sabiduría para la vida práctica, una enseñanza que no se puede descuidar sin correr grandes riesgos.
El capítulo 10 de Eclesiastés, se relaciona muy particularmente con el carácter de los reyes y de aquellos que tienen cargos de alta dignidad.
La sabiduría toma la medida del valor moral de ellos, pero mantiene a cada uno en su lugar en relación con la autoridad que tienen.
Veamos el versículo 1 del capítulo 10 de Eclesiastés.
“Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable”. Eclesiastés 10:1.
Basta un poco de locura, una falta de sabiduría aparentemente insignificante, para quitarle todo valor al carácter de aquel que, hasta ese momento, gozaba de renombre por la sabiduría que manifestaba dando directivas a los hombres.
Esta observación sirve para todos los tiempos.
La carrera de un hombre que ostenta el poder se hunde y causa disgusto después de alguna decisión desconsiderada, contraria a su habitual sabiduría y a su renombre.
Toda una vida honorable se ve así reducida a la nada y es considerada como inútil.
Veamos los versículos 2 y 3 del capítulo 10 de Eclesiastés.
“El corazón del sabio está a su mano derecha, mas el corazón del necio a su mano izquierda. Y aun mientras va el necio por el camino, le falta cordura, y va diciendo a todos que es necio”. Eclesiastés 10:2, 3.
El sabio tiene ubicado el corazón en el lugar que no es habitual, a su derecha, a fin de que las decisiones que este órgano le dicta pasen inmediatamente a la acción, mientras que el que carece de sabiduría tiene su corazón donde se encuentra naturalmente y no da a sus pensamientos un objetivo útil haciendo de su corazón el móvil de sus actos.
Aun su conducta habitual, conducta fácil para todos los hombres, revela la misma inconsistencia y prueba públicamente su necedad.
Veamos el versículo 4 del capítulo 10 de Eclesiastés.
Ahora la sabiduría se dirige a su hijo para prescribirle la actitud que es conveniente frente a la autoridad.
“Si el espíritu del príncipe se exaltare contra ti, no dejes tu lugar; porque la mansedumbre hará cesar grandes ofensas (o pecados)”. Eclesiastés 10:4.
Aquí, como por lo general en todo este capítulo, el que hace mal es el príncipe o gobernador.
La causa de su irritación no se menciona, pero ella se nos presenta como algo muy malo, frente a la cual el hijo de la sabiduría debe tomar una actitud.
¿Deberá indignarse contra la injusticia o reivindicar sus derechos contra aquel que los pisotea?
Muy al contrario, sólo necesita hacer dos cosas…
En primer lugar, guardar su lugar manteniendo respetuosa sumisión delante de una autoridad cuyos actos son llamados… grandes pecados.
En segundo lugar, manifestar mansedumbre, es decir, la disposición del alma a no insistir sobre sus derechos y a cederlos ante aquel que nos hace daño.
Ninguna otra cosa reprime de manera más eficaz las manifestaciones de la mala naturaleza.
Así, el propio creyente amontona ascuas de fuego sobre la cabeza de aquellos que lo ultrajan.
Veamos los versículos del 5 al 7 del capítulo 10 de Eclesiastés.
“Hay un mal que he visto debajo del sol, a manera de error emanado del príncipe; la necedad está colocada en grandes alturas, y los ricos están sentados en lugar bajo. Vi siervos a caballo, y príncipes que andaban como siervos sobre la tierra”. Eclesiastés 10:5-7.
En este pasaje vemos que el mal procede nuevamente del príncipe, de aquel que gobierna.
Él no sabe o no quiere escoger a los dignatarios que estarían en consonancia con el aforismo inglés… The right man in the right place (El hombre justo en el lugar justo)
El gobernante obra a su antojo y, ya sea por falta de conocimiento de los hombres, ya por favoritismo o bien por cualquier otra causa, confía los sitiales más elevados a los incapaces.
Entonces se manifiesta el resultado… aquellos que por gozar de una posición acaudalada podrían ser más capaces de obrar desinteresadamente en la conducción de los asuntos… están sentados en lugar bajo y las funciones se encuentran invertidas… los siervos hacen alarde de su orgullo y de su autoridad y los príncipes pierden su rango donde podrían ser útiles conduciendo a los demás.
Los versículos del 8 al 15 del capítulo 10 de Eclesiastés, dejan el tema de los reyes y de los gobernantes para mostrar a dónde conducen las intenciones y los caminos del hombre en contraste con la sabiduría, un don de Dios.
Primeramente, los versículos 8 y 9 del capítulo 10 de Eclesiastés, consideran las malas y las buenas intenciones que manifestamos en nuestros actos para con el prójimo.
“El que hiciere hoyo caerá en él; y al que aportillare vallado, le morderá la serpiente. Quien corta piedras, se hiere con ellas; el que parte leña, en ello peligra”. Eclesiastés 10:8, 9.
Hacer un hoyo representa preparar una trampa.
¡Cuántas veces uno mismo ha caído en su propia trampa, cuando la intención era hacer caer a los demás! (Proverbios 26:27)
Aportillar el vallado significa traspasar los límites, un astuto acto de hipocresía por el cual, un día, al malo le será posible usurpar la posesión de su prójimo.
El diablo aprovechará eso para destruir a aquel que planea engrandecerse a expensas de otro.
Por otro lado, las intenciones pueden ser loables, pero los resultados dependen de los materiales que se utilicen.
El esfuerzo no aprovechará a los demás y nos expondrá al peligro a nosotros mismos.
Veamos el versículo 10 del capítulo 10 de Eclesiastés.
“Si se embotare el hierro, y su filo no fuere amolado, hay que añadir entonces más fuerza; pero la sabiduría es provechosa para dirigir”. Eclesiastés 10:10.
Uno puede tener entre sus manos un instrumento embotado y querer servirse de él, pero éste en realidad sólo es útil y no exige esfuerzos para emplearlo si se lo aguza.
¿No puede ser aplicado este proverbio a la manera en que uno se sirve de la palabra?
La razón y la inteligencia natural del hombre sólo consiguen embotar el filo, pero la sabiduría, un don del Espíritu de Dios, la aguza, la hace útil y la hace penetrar en la conciencia.
No puedo dejar de repetir que todos estos Proverbios tienen un alcance moral y espiritual y que su interpretación es prerrogativa de la sabiduría.
La sabiduría de lo alto nos los ha dado a causa del hombre y esta misma sabiduría los interpreta.
Aquí se nos brinda un ejemplo.
Veamos el versículo 11 del capítulo 10 de Eclesiastés.
“Muerde la serpiente cuando no está encantada, y el lenguaraz no es mejor”. Eclesiastés 10:11. (S.R.V. 1909)
Este proverbio se relaciona con la lengua del hombre.
La lengua es como una serpiente que muerde y lo único que puede impedir que lo haga es el poder del encantador, lo que nos enseña que sólo el poder del Espíritu es el que puede domarla (Santiago 3:8).
Veamos los versículos del 12 al 15 del capítulo 10 de Eclesiastés.
“Las palabras de la boca del sabio son llenas de gracia, mas los labios del necio causan su propia ruina. El principio de las palabras de su boca es necedad; y el fin de su charla, nocivo desvarío. El necio multiplica palabras, aunque no sabe nadie lo que ha de ser; ¿y quién le hará saber lo que después de él será? El trabajo de los necios los fatiga; porque no saben por dónde ir a la ciudad”. Eclesiastés 10:15.
Este pasaje continúa con los pensamientos que he abordado desde el versículo 10 del capítulo 10 de Eclesiastés.
Hallamos nuevamente todo lo saludable que contienen las palabras del sabio, en contraste con las palabras del necio las cuales lo hacen extraviar, pues comienzan con la necedad y finalizan en pernicioso desvarío.
El necio multiplica las palabras, no prevé los eventos, ignora el porvenir y ni siquiera conoce el camino que conduce al lugar donde podría recibir el conocimiento que necesita.
Para él, el esfuerzo de preguntar es una tarea demasiado pesada.
Los versículos 16 y 17 del capítulo 10 de Eclesiastés, nos remiten nuevamente al tema principal del capítulo.
Nos muestran las desgracias que acarrea el gobierno de un rey inexperto, cuyos príncipes utilizan su elevada posición para satisfacer sus apetencias.
Luego nos presentan la felicidad de un país regido por un rey noble, cuyos príncipes sólo piensan en reponer sus fuerzas a fin de emplearlas para el bien del Estado.
Veamos los versículos del 18 y 19 del capítulo 10 de Eclesiastés.
Por el contrario, la inactividad de aquellos que gobiernan produce rápidamente la ruina de la casa.
El deseo de los goces materiales los hace buscar el dinero con que se los puede satisfacer.
Veamos el versículos 20 del capítulo 10 de Eclesiastés.
Sin embargo…
El hijo de la sabiduría jamás transgredirá el precepto de la obediencia debida al rey y de la honra que se les debe a aquellos que tienen el privilegio de poseer riquezas.
No hablará mal de uno ni de los otros, porque el rumor se divulgaría fácilmente y llegaría con rapidez a los oídos de los poderosos.
* Capítulo 11 de Eclesiastés.
Este capítulo continúa, desde otro punto de vista, la enseñanza del capítulo precedente.
Nos muestra cuál debe ser la actividad de un hijo de la sabiduría frente a los caminos de la providencia que le son ocultos.
Estos consejos están representados por las aguas, las nubes, el viento y la luz (Eclesiastés 11:1, 3, 4, 7), cosas sobre las cuales el hombre no tiene ningún control y cuya dirección le es desconocida.
Por eso se nos hace oír estas palabras… no sabes, ignoras (Eclesiastés 11:2, 5, 6).
Y este capítulo finaliza hablando de lo único que el joven necesita saber (Eclesiastés 11:9).
El estado espiritual que se nos describe en este capítulo está de acuerdo con todo el pensamiento del libro… el hombre, colocado frente a los fenómenos de la creación que se presentan ante sus sentidos, es incapaz de comprender los orígenes de aquéllos y tropieza a cada instante con lo desconocido.
Y permanece así todo el tiempo, a menos que Dios le dé a conocer las cosas secretas, ocultas a la inteligencia más desarrollada.
Tal como lo hemos visto en otras partes de este libro, las sentencias que presenta el capítulo que estamos considerando no se limitan a mencionar hechos exteriores, sino que ofrecen un sentido espiritual y oculto, que sólo el Espíritu puede revelarnos y que se aplica a todos los tiempos.
Limitarlo al tiempo de Salomón y a las circunstancias de ese entonces significaría no comprender el objetivo y la aplicación de la palabra de Dios.
Lo mismo que al comienzo del capítulo 7 de Eclesiastés, las recomendaciones que se le hacen aquí al hijo de la sabiduría son 7, es decir, una enseñanza completa sobre este tema particular, una enseñanza a la que no le falta nada.
“Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás”. Eclesiastés 11:1.
El hijo de la sabiduría esparce sobre la superficie de las aguas, sin distinción y, aparentemente, sin objeto su propio pan, es decir, lo que sirve para su propio alimento.
Las aguas parecen el medio menos apropiado para hacer eso y se podría pensar que al obrar así el sabio pierde su pan.
Este proverbio se aplica manifiestamente a la palabra.
El confuso estado que presenta el mundo parece no tener la disposición de recibirla, la absoluta ignorancia que tenemos acerca del lugar adonde la transportarán las aguas, podría inducirnos a no esparcirla indistintamente, pero lo que debemos hacer es confiar en la providencia divina, en una voluntad que tiene su objeto y dirección, y que no pide que nosotros los conozcamos.
Ella quiere que nosotros diseminemos sin límites la palabra de vida.
Sucederá que, después de muchos días, este acto de obediencia será recompensado y conoceremos el objeto para el que Dios la había destinado.
Volveremos a tomar posesión de aquello que hemos confiado a aquel que hace encallar su palabra en buen lugar.
Aquí, como siempre lo hace, el predicador no va más allá del limitado tiempo terrenal y dice.
“porque después de muchos días lo hallarás”. Eclesiastés 11:1.
Nosotros podemos contar de otro modo, pues cosechamos para la eternidad el fruto de la palabra sembrada en este mundo, sobre la superficie de las aguas.
Por eso Pablo estaba seguro de que iba a cosechar el fruto de su trabajo en la venida del Señor Jesús.
Sea como fuere, aquí hallamos el resultado de la confianza en la providencia de Dios.
Pues…
¿Cómo podríamos hallar lo que hemos arrojado en las aguas si Dios no lo volviese a traer?
“Reparte a siete, y aun a ocho, porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra”. Eclesiastés 11:2.
En cambio, cuando somos nosotros los que tenemos que distribuir el alimento a los hombres, conociendo sus necesidades, tenemos que hacerlo liberalmente.
Es evidente que esta palabra va más allá del sentido material, como se aprecia en el relato de la multiplicación de los panes.
Es preciso que los siete -el número completo- reciban su porción y como sucedió con los 7000 hombres, que sobre algo para un octavo.
Un poder secreto, el poder de Dios, es el único capaz de saciar a las multitudes y de hallar, aun en lo que sobra, el alimento para los demás.
En cuanto a nuestro servicio, esta actividad de nuestra parte es necesaria, incluso es urgente, porque el tiempo es cortó.
No sabemos cuándo vendrá el hambre sobre la tierra, el juicio está a la puerta, quizá mucho más cerca de lo que suponemos, y entonces…
¡Aquellos que no recibieron su porción estarán condenados a morir!
Si, tal como lo acabamos de ver, el sabio es exhortado a poner sus recursos al servicio de todos y sin distinción, la sabiduría también le enseña que la obra de la gracia depende enteramente de la providencia de Dios.
“Si las nubes fueren llenas de agua, sobre la tierra la derramarán… ”. Eclesiastés 11:3.
En Lucas 12:54, 55, la nube que vierte la lluvia sobre la tierra es una figura de la gracia, así como el viento del sur es una figura del juicio.
A pesar de la vanidad que colma a este pobre mundo, la gracia subsiste.
Por su lado, Dios posee depósitos que él llena, fuentes que derraman su bendición en la tierra.
Si es cierto que, con este propósito, Dios quiere emplear cualquier instrumento y hacer de él un vaso escogido a favor de los hombres, no es menos cierto que la obra le pertenece completamente a él.
Todos los despertares o avivamientos que se han experimentado son una prueba evidente de ello.
“… y si el árbol cayere al sur, o al norte, en el lugar que el árbol cayere, allí quedará”. Eclesiastés 11:3.
En los designios de Dios, cada cosa tiene su propósito.
El hecho de que un árbol caiga hacia el sur o hacia el norte puede parecer pura casualidad.
Pero no, una voluntad desconocida por el hombre ha marcado la dirección de su caída.
Se le retira la protección al que podía aprovechar de ella.
El árbol queda donde cayó.
¿Quién podrá explicar la causa de ello?
En lo referente a las nubes, el beneficio es visible, en lo que se refiere al árbol el propósito está oculto.
“El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará. Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas”. Eclesiastés 11:4, 5.
El viento y las nubes no están bajo el control del hombre, Dios es quien hace que se formen.
Él es el que lo hace todo.
Nosotros ignoramos tanto el camino del viento como los misterios del nacimiento, verdades que se relacionan con lo que hemos considerado al comienzo de este capítulo.
Observar, mirar para conocer el momento favorable para la siembra y para la cosecha, significa perder el tiempo en lugar de llevar a cabo la actividad a la cual Dios nos llama.
Nosotros sólo somos instrumentos en sus manos y no tendríamos la osadía de pretender que podríamos controlar el viento y las nubes.
El Señor dice…
“El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu”. Juan 3:8.
Nosotros no conocemos… la obra de Dios, el cual hace todas las cosas, pero que esto no nos impida sembrar y cosechar.
“Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno”. Eclesiastés 11:6.
Esta sentencia se une íntimamente con la precedente.
Tenemos que sembrar mañana y tarde, en tiempos opuestos, debemos sembrar sin hacer distinción de horarios.
Esto o aquello -¿quién lo sabe? Dios lo sabe- quizá lo uno y lo otro llevarán a obtener la cosecha esperada.
Obrar de este modo no significa carecer de previsión, sino tener una simple confianza en la dirección de la providencia, y dependencia de la actividad de la gracia.
“Suave ciertamente es la luz, y agradable a los ojos ver el sol; pero aunque un hombre viva muchos años, y en todos ellos tenga gozo, acuérdese sin embargo que los días de las tinieblas serán muchos. Todo cuanto viene es vanidad”. Eclesiastés 11:7, 8.
En este mundo hay cosas agradables, el predicador está lejos de negarlo.
Podemos alegrarnos de que la luz las ponga en evidencia y les dé intensidad, pero a medida que avanza nuestra edad, vemos que nuestro pasado tuvo muchos días de tinieblas.
Así evocamos nuestra vida, cuya última palabra es vanidad, cosa inútil, de la que nada subsiste, que se va sin dejar rastros, sepultada finalmente en el olvido.
Esta sentencia nos conduce al versículo siguiente.
“Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios”. Eclesiastés 11:9.
En el libro del Eclesiastés encontramos dos conclusiones.
Este versículo constituye la primera.
Hallaremos la segunda en los versículos 13 y 14 del capítulo siguiente.
¡Cuántas veces repitió el predicador la máxima que parece preconizar la alegría de la vida material, lo que el hombre llama… vivir la vida!
En medio de la amargura que siente un corazón desilusionado, que ve las más bellas cosas de este mundo arruinadas, torcidas y marchitas -por la violencia, la corrupción, el trastrocamiento de las leyes morales, la liviandad, la negligencia, las artimañas, la necedad-, hay para él ciertos bienes, ciertas alegrías, sin duda pasajeras, ciertos goces, ciertos afectos, ciertos objetos amados, como por ejemplo…
“… el rastro del hombre en la doncella”. Proverbios 30:19.
Que producen gozo al hombre en su juventud.
El predicador, cuyo corazón sondeó todas estas cosas, le dice.
“… anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos”. Eclesiastés 11:9.
(Eclesiastés 2:24 - Eclesiastés 3:12 - Eclesiastés 5:18 - Eclesiastés 8:15 - Eclesiastés 9:7)
Pero...
Hay un solemne “pero” al cabo de estos goces.
“… sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios”. Eclesiastés 11:9.
Dios te pedirá cuentas de cada goce…
¿Para quién y para qué has vivido?
Todas las cosas no se limitan a la tierra.
Hay un Dios y este Dios es un juez, ésta es una de las verdades fundamentales del Eclesiastés.
Tú deberás comparecer ante tu juez.
En este versículo no hallamos ni una palabra de gracia, pero no es sorprendente que este capítulo que comienza hablándonos con figuras de la gracia, hecho casi único en el Eclesiastés, finalice aludiendo al juicio (ya mencionado en el capítulo 3:17 de Eclesiastés), juicio del cual el predicador hablará aún una vez para terminar su libro con esa terrible palabra.
Esta palabra es muy seria y característica.
El sabio no sería sabio si, en medio de la vanidad que le hacía ver que debajo del sol todo está dañado, no reconociese que el hombre puede ser un instrumento de la gracia dentro del dominio del mal y que, por otra parte, si Dios parece dejar que las cosas sigan su curso sin ocuparse de ellas, hay un momento en que pedirá a todo hombre que rinda cuentas de su vida y de sus más pequeños actos.
Veamos el versículo 10 del capítulo 10 de Eclesiastés.
“Quita, pues, de tu corazón el enojo (o la congoja), y aparta de tu carne el mal; porque la adolescencia y la juventud (o la aurora) son vanidad”. Eclesiastés 11:10.
En el versículo 9 del capítulo 10 de Eclesiastés, el predicador habló al joven sobre la alegría y el placer, señalando que todo termina en el juicio.
En el versículo 10 del capítulo 10 de Eclesiastés, con el cual termina este capítulo, le aconseja quitar la congoja del corazón y evitar el mal para el cuerpo, pero he aquí que la adolescencia y la juventud son vanidad, algo sin meta, sin duración, inútil, que pasa sin dejar rastros.
Juicio por un lado, vanidad por el otro, tal es la suerte del hombre ante los ojos de la sabiduría.
¡Cómo se engaña el joven al principio de su vida!
¡Todo es tan brillante!
¿Existe algo más bello que un amanecer?
¿No promete éste todas las alegrías para una larga jornada?
Pero en el capítulo 12 de Eclesiastés, hallaremos el fin de la carrera, todas las desilusiones, todas las decepciones de la vida.
Quizás la vida haya sido larga y plena, pero termina en un sepulcro.
El predicador, que ha llegado al fin de sus experiencias…
¿No está autorizado a decir… la juventud es vanidad?
* Capítulo12 de Eclesiastés.
Después del notable versículo que habla de la vanidad de la juventud, el tono se eleva y se vuelve extremadamente solemne…
“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos… ”. Eclesiastés 12:1.
Esta verdad es elemental, así como lo es todo el curso de este libro.
En este pasaje se trata sólo de las relaciones del hombre con su creador, no de las relaciones del israelita con Jehová el Dios del pacto, y menos aún de las relaciones de un hijo de Dios con su Padre.
De modo que vemos la verdad más elemental en cuanto a las relaciones del hombre con Dios, tal como se nos presenta en Efesios 4:6.
Donde leemos….
“un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”. Efesios 4:6.
Joven, en tu juventud no olvides que la edad en que se produce el ocaso de las fuerzas también te llegará a ti y entonces todo te será difícil y penoso.
Y recuerda que al sobrevenir la muerte será preciso que tu espíritu… vuelva a Dios para que des cuenta de tu conducta.
Por una parte, este llamado de atención exhorta al hombre, a fin de que desde su juventud sitúe su corazón ante Dios y, por otra, lo exhorta a recordar la extrema fragilidad del hombre, sujeto a las consecuencias del pecado y al resultado final de este último… la muerte y el juicio.
La descripción de las miserias de la vejez (Eclesiastés 12:2, 7) es impresionante en gran manera.
Plugo a Dios darnos en su palabra todas las formas de expresión que a la literatura de los pueblos le agrada emplear y de la cual éstos se jactan de poseer.
De este modo, nosotros podemos medir la distancia que existe entre los pensamientos divinos y los de la imaginación del hombre.
Al adoptar cualquiera de las formas poéticas (aquí se trata de una alegoría), el Espíritu de Dios se eleva hasta las regiones más excelsas y mantiene la verdad incluso en los más delicados matices de su pensamiento, lo cual jamás puede hacer el espíritu poético del hombre natural, que vive mintiendo.
Citemos aquí la maravillosa poesía lírica de los Salmos, luego la poesía de Isaías y de los profetas que, simbólicamente, utilizan el lenguaje sublime de la poesía eterna.
Pero la palabra de Dios también es sorprendente aun en otros dominios diferentes al de la lírica.
Cuando leemos los pastorales (poesías pastoriles) que se encuentran en el Génesis, el drama lírico que se halla en el libro de Job, el idilio que se menciona en el libro de Rut, los cánticos guerreros entonados por David y por Débora, los himnos de amor alternados que leemos en el Cantar de los Cantares, o los Proverbios y las sentencias poéticas…
¿Podríamos hallar entre la literatura humana algo que se aproxime a estas producciones que contienen infinita elevación, poder, gracia y verdad?
El hecho es que, incluso en su forma exterior, la palabra, dictada por el Espíritu de Dios, es incomparable.
¿Por qué no atrae al hombre?
La verdadera respuesta se encuentra en el hecho de que… las tinieblas no la comprendieron (Juan 1:5 - RV1909).
¡Oh, cuán necesario es acordarse del creador…!
“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento; antes que se oscurezca el sol, y la luz, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia”. Eclesiastés 12:1, 2.
Es decir, antes que el universo que salió de las manos de Dios, cuya maravillosa belleza es tan cautivante, llegue a ser indiferente para el hombre envejecido y antes de que a sus ojos todas las cosas en la naturaleza hayan tomado un tinte neutro y sin claros, como las nubes tras la lluvia.
¡Llegarán los días en que las manos temblarán, cuando los lomos se encorvarán, cuando la boca, desguarnecida, ya no podrá masticar el alimento, cuando los ojos ya no distinguirán claramente los objetos!
Es decir, cuando decrezca la necesidad de utilizar los labios para hablar y hacerse oír fuera del círculo de la familia, cuando el oído oirá pesadamente y ya no podrá distinguir los diferentes ruidos que llenan la casa (*1), cuando el sueño huirá de nuestra cama y nos levantaremos de ella con el menor pretexto, cuando todas las palabras se pronunciarán débil y confusamente, cuando subir una pendiente será fatigoso y faltará el aliento, cuando todas estas debilidades combinadas harán que la marcha sea difícil y causarán temor, cuando los cabellos blancos coronarán la cabeza, cuando… la langosta será una carga, es decir, cuando faltará el dinamismo para levantarse o sentarse, cuando… se perderá el apetito (o cuando la alcaparra perderá su efecto), es decir, cuando lo excitante ya no podrá estimular el apetito ni despertar los sentidos.
“… porque el hombre va a su morada eterna, y los endechadores andarán alrededor por las calles”. Eclesiastés 12:5.
Frente a todas estas señales, se percibe que el fin está cercano.
“antes que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo; y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio”. Eclesiastés 12:6, 7.
Todas estas señales de deterioración demuestran que aun cuando la fuente y el pozo, es decir, las fuentes de la vida, permanecen sin cambios, llega el momento en que faltan los medios para aprovechar de ellas y alimentar la existencia.
Del lado del ser humano todo finaliza con la ruptura de lo más precioso que hay aquí abajo… el movimiento mismo de la vida en el hombre.
“… y todo volverá al mismo polvo”. Eclesiastés 3:20 (Génesis 3:19).
Es la muerte, consecuencia del pecado.
El espíritu vuelve a Dios que lo dio, es un pensamiento muy diferente del que expresa el versículo 21 del capítulo 3 de Eclesiastés, aquí simplemente significa que el espíritu, separado del cuerpo, desde ese momento tiene que dar cuenta a Dios individualmente.
Y ahora, como lo han notado al comienzo (Eclesiastés 1:2), todo termina con las palabras del versículo 8 del capítulo 12 de Eclesiastés.
“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad”. Eclesiastés 12:8.
Tal es el fin de todo en cuanto al hombre y el mundo.
Pero aún hay otra conclusión que sacar de lo que se ha sido dicho hasta aquí.
¿Cuál es el fin de todo en cuanto a Dios?
Los últimos versículos de este capítulo darán la respuesta a esta pregunta.
Veamos los versículos 9 y 10 del capítulo 12 de Eclesiastés.
Primero, el predicador se describe a sí mismo utilizando la tercera persona…
“Y cuanto más sabio fue el Predicador”. Eclesiastés 12:9.
Él fue predicador revestido del carácter de sabio.
“… tanto más enseñó sabiduría al pueblo”. Eclesiastés 12:9.
No habló ligeramente…
“… e hizo escuchar, e hizo escudriñar”. Eclesiastés 12:9.
Además…
“… compuso (literalmente… puso en orden) muchos proverbios”. Eclesiastés 12:9.
Éstos componen una secuencia y agrupamientos que podemos observar en el libro de los Proverbios y que hemos seguido en el Eclesiastés.
“Procuró el Predicador hallar palabras agradables”. Eclesiastés 12:10.
Pienso que aquí no se trata de la calidad de estilo del discurso, aunque en este mismo capítulo la poesía alegórica sea cautivante y fuerce a la reflexión, pero estas palabras, recibidas en el corazón, por amargas que sean para el hombre, son dulces como la miel para el paladar, porque son las palabras de Dios.
Además son palabras rectas, en contraste con las cosas torcidas que presenta el mundo (Eclesiastés 1:15).
También son palabras de verdad, las cuales contienen y nos comunican el pensamiento de Dios.
Era muy importante que se mantuvieran estas cosas en el contenido de este libro que puede ser sometido a muchas falsas interpretaciones por parte de los necios.
Se dice que cuando los rabinos del primer siglo de nuestra era discutían sobre la autoridad divina del Eclesiastés, fueron convencidos por los versículos que acabo de citar.
Veamos los versículos 11 y 12 del capítulo 12 de Eclesiastés.
Asimismo, el predicador señala que las palabras de los sabios se parecen a los aguijones que activan la marcha del ganado y lo empujan hacia el objetivo y que la compilación de ellas son… como clavos hincados. (Isaías 22:23, 24), capaces de sostener pesados fardos y de los cuales cuelgan todo tipo de pensamientos preciosos.
A pesar de su diversidad, estas verdades son dadas por un solo pastor.
Un solo Dios las ha dispensado…
Un solo Espíritu las ha dictado…
Un solo Pastor se sirve de ellas para conducir a sus ovejas por sendas de justicia.
A dichas palabras, a dicha compilación, deben atenerse los hijos de la sabiduría.
Ellas son capaces de instruirlo.
Todos los libros escritos por los hombres, todos los estudios que se prodigan en ellos, fatigan y no alcanzan el blanco.
En tales escritos siempre se está aprendiendo y nunca se puede… llegar al conocimiento de la verdad.
Una sola compilación, un solo libro, la palabra de Dios, se mantiene firme y nada, ningún pesado fardo, ni ninguna tarea que se le confíe es capaz de doblegarla.
Al terminar este libro tan desconocido, tan mal juzgado por los hombres, qué importante es, pues, afirmar su origen divino.
Veamos los versículos 13 y 14 del capítulo 12 de Eclesiastés.
He aquí ahora, como lo he señalado antes… el fin de todo el discurso, la conclusión de todo en cuanto a Dios.
“… Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre”. Eclesiastés 12:13.
Sólo necesita temer a Dios y obedecer.
En este libro, Salomón habló mucho más extensamente de la vanidad de todas las cosas, que de aquello que nos presenta aquí como resumen de su predicación, pero al comprobar esta vanidad él prepara al alma para mirar a Dios, único objeto seguro e inmutable para el hombre.
Una vez que se encuentra en su presencia, el único deseo del hijo de la sabiduría será obedecerle.
No existe otro gozo, otro recurso, otra felicidad, ni otro reposo que éste… esto es el todo del hombre.
“Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”. Eclesiastés 12:14.
Para terminar, el predicador abre finalmente la puerta que da al porvenir pero, como lo hemos visto, sin ir más allá de la noción del juicio.
Este pensamiento es saludable para el hijo de la sabiduría.
Todo será manifestado.
Nada oculto, sea bueno o sea malo, dejará de manifestarse.
Somos transportados, por así decirlo, ante el tribunal de Cristo (2 Corintios 5:10), donde vemos empleados los mismos términos.
Los Salmos expresan más de una vez este pensamiento desde el punto de vista judío, por ejemplo el Salmo 11:5, y en el capítulo 3 de Eclesiastés, versículo 17.
Al terminar, resumamos en dos palabras el libro del predicador… vanidad absoluta y aflicción de espíritu.
Esto es lo que se siente cuando la sabiduría, don de Dios, se aplica a la apreciación de las cosas visibles que incluso ella no logra sondear hasta sus límites.
Certitud y reposo, esto es lo que se halla en el conocimiento de Dios, lo cual se caracteriza por el temor de Dios y la obediencia.
Amén.
Dios Te Bendiga.
(*1) La muela para moler el grano, accionada por dos sirvientes, estaba en la casa y formaba parte de los enseres domésticos.
















