
El Eclesiastés es el libro del Predicador.
¿Quién podría dudar que ese predicador fue Salomón? (Eclesiastés capítulos 1, 2, 12)
Sin embargo…
Este hecho es negado por ciertos eruditos que están habituados a poner en duda todo, salvo su propia ciencia.
Pero tal negación no debe sorprendernos, porque ningún hombre, por instruido que sea, puede llegar a comprender ni aun los más simples pensamientos de Dios, si no es por medio del Espíritu de Dios.
El creyente, al haber recibido este Espíritu que sondea todas las cosas, tiene la capacidad de penetrar en los secretos de la sabiduría y de comprender el objetivo de Dios al darnos estas instrucciones de las cuales podemos aprovechar.
Esto es precisamente lo que hace el predicador… él quiere reunir alrededor de sí a aquellos que tienen oídos para oír, para instruirlos y para comunicarles su experiencia.
La enseñanza del predicador tiene un carácter muy particular, que no se halla en ningún otro libro de la Biblia.
Ustedes podrán comprobarlo mediante las siguientes consideraciones…
En el Génesis, vemos a un hombre, el primer Adán, sin el conocimiento del bien y del mal, en medio de una creación que había salido hermosa y buena de las manos de Dios.
Un hombre relacionado con su creador y que sabía que él juzga toda desobediencia.
Un hombre que tenía una mente capaz de comprender y de gustar todo lo que lo rodeaba.
Un organismo apto para ejercer un dominio efectivo sobre el mundo entero.
Un corazón capaz de amar y que recibió de Dios un objeto digno de sus afectos.
Para ser feliz, este hombre sólo tenía que permanecer dependiente del ser soberanamente bueno, que puso la creación bajo sus pies.
Pero…
¿Qué sucedió?
Ante la primera tentación, este hombre, en lugar de mantenerse en el temor de Dios se enorgulleció, estimó como un objeto que podía arrebatar el ser igual a su creador, obró con independencia cayó y toda su felicidad se derrumbó.
De allí en adelante, el hombre fue incapaz de hacer el bien, se convirtió en un esclavo del pecado.
El mundo está arruinado, la muerte entró en él, el cielo quedó cerrado para el hombre y el juicio de Dios es su único porvenir, a menos que la gracia intervenga para salvarlo.
Tal es, efectivamente, el único recurso cuya revelación dio Dios al hombre inmediatamente después de la caída (Génesis 3:15).
Como cumplimiento de esta revelación, he aquí ahora un segundo caso… el segundo Adán prometido, que entró, no en la escena pura y buena de la creación en la que el hombre había sido colocado, sino en la escena de pecado y de muerte establecidos por la desobediencia del primer Adán.
Él entró allí no con la inocencia del primer hombre, sino en perfecta santidad.
Entró resueltamente, en pleno conocimiento del estado del mundo, con un objetivo determinado, con la sabiduría que vino, no para hacer la desoladora comprobación de la ruina que existe en el mundo y de la absoluta inutilidad de cambiar algo en él, sino que vino para proveer un remedio a ello.
Efectivamente, la sabiduría divina provee, mediante este Hombre, no un alivio a la miseria del hombre, un alivio que ni aun la sabiduría de Salomón habría podido ofrecerle, sino un remedio absoluto contra esa miseria, dándole completa liberación.
Se debe a que la sabiduría de Dios en Cristo no provenía solamente de la fuente divina, sino que tal sabiduría es la fuente divina misma en un Hombre perfecto.
La fuente de la luz para disipar las tinieblas.
La fuente de vida para vencer a la muerte.
La fuente de la purificación para quitar el pecado y reconciliar al hombre con Dios.
Esta sabiduría divina en un Hombre era la luz para poner al descubierto el mal y, a la vez, para manifestar el amor divino que le brinda el remedio.
Desde la eternidad, antes de toda creación, antes de la existencia del mal, antes de la caída, esta sabiduría tenía sus delicias con los hijos de los hombres (Proverbios 8:31) y deseaba hallar su regocijo en ellos.
La sabiduría estaba en perfecto acuerdo con aquel que la había engendrado…
“He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Hebreos 10:7.
- Dice ella al entrar en el mundo.
Esta sabiduría era amor.
¿Qué recibimiento se le dio?
El predicador, por sabio que haya sido, no halló personalmente en este mundo ni mala voluntad ni odio.
Sin duda comprobó que allí todo es vanidad, dolor y aflicción de espíritu (o correr tras el viento), pero sus propias experiencias lo sujetaban a él mismo a la vanidad de todas las cosas.
No fue así con la sabiduría personificada en el Hombre Cristo Jesús.
El mundo entero se levantó contra él, lo abrumó con sus injurias y esputos, y lo clavó en una cruz, porque el hombre no pudo soportar la verdad y porque menospreció la gracia, porque prefirió la esclavitud de Satanás en vez de la reconciliación con Dios.
Pero el acto mismo por el cual el hombre rechazó a Cristo… vino a ser el medio de la salvación para el pecador.
El libro del Eclesiastés nos presenta un tercer caso.
No vemos en él a un hombre -Salomón- inocente como Adán antes de su caída, sino a uno que conoce el bien y el mal.
Sin embargo…
Este hombre se encuentra relacionado con Dios, como lo estaba Adán.
Como éste, él posee los primeros rudimentos de las palabras (u oráculos) de Dios… la fe en Dios y el conocimiento del juicio eterno (Hebreos 5:12 - Hebreos 6:1-2).
Sólo que aquí, en el Eclesiastés (*1), no se nos presenta como habiendo recibido una revelación que lo coloca en relación con Jehová, el Dios del pacto (*2).
En las condiciones que acabo de describir, en las cuales se encontraba el Eclesiastés, es decir, conociendo el bien y el mal, y relacionado con Dios sin tener una revelación, el conocimiento de Dios necesariamente está acompañado con el temor de Dios y con la certitud de que él debe ser un juez para todos los hombres.
Tal es el cuadro moral del predicador, de hecho, salvo el conocimiento que él posee del bien y del mal, su estado es parecido al de Adán antes de la caída.
Situemos ahora a este hombre en medio de una creación mancillada y corrompida por el pecado.
Démosle una capacidad ilimitada para gozar de la vida y de todas las cosas buenas y agradables que contiene el mundo.
Démosle, finalmente, el don de discernir todas las cosas que hay debajo el sol, una sabiduría procedente de la fuente divina que Adán no tenía, pero confiada a un ser tan débil que ella no puede preservarlo de las más humillantes experiencias personales.
Coloquemos ante este hombre la tarea de hallar, por la sabiduría, un medio para vivir, para ser feliz y para regocijarse en este ambiente corrompido.
Hagámosle gustar de todos los goces terrenales y permitámosle sondear todas las cosas de aquí abajo… conocimiento, poder, riqueza, obras de la creación, satisfacción de todos sus deseos, démosle todo lo que se puede adquirir mediante el trabajo, hagámoslo probar incluso la locura (no obstante, sin abdicar a la sabiduría), a fin de conocer también lo que hay en el fondo de ella y si ella puede aportar algún gozo a su alma.
Situado en este medio…
¿Qué sucederá con este hombre?
Inmensa lección, cuyo resultado, por un lado, es la desgracia más completa, la desilusión, el disgusto por todo, incluso por el conocimiento (pues aplicado a las cosas de la tierra, en lugar de satisfacer al sabio, tal conocimiento deja en su boca un sabor amargo del cual no puede librarse), y por otro lado, la certeza de que en ausencia de una revelación no puede haber un recurso para el hombre, sino el temor de Dios, pero desgraciadamente… de un Dios delante de cuyo juicio será preciso presentarse al fin.
Este libro no se extiende más allá en sus consideraciones, aunque el resultado obtenido es ya de importancia fundamental (Eclesiastés 12:13).
Al llegar a este punto, se necesitará una revelación para que el alma descubra en este Dios juez a un Dios salvador y para darle finalmente una felicidad que no podría obtener ni por la sabiduría más grande, ni por el conocimiento de Dios como creador y como juez.
Sólo es dado el primer paso, pues Salomón mismo nos enseña que el temor de Jehová es para vida (Proverbios 19:23).
Lo que acabo de decir explica porque el nombre de Jehová, quien se reveló como el Dios del pacto con Israel, el Dios que no sólo se había dado a conocer bajo la ley por su justicia, sino también por su bondad y su misericordia -antes de revelarse en el evangelio como el Dios de amor y de gracia- explica porque, digo, el nombre de Jehová no aparece en este libro.
Salomón lo conocía como tal en el libro los Proverbios, pues, incluso cuando en éste habla del temor, lo que él menciona es el temor de Jehová, pero en el Eclesiastés, Salomón se abstrae, por decirlo así, del conocimiento del Dios del pacto, a fin de llegar a sondear lo que es el mundo en sí mismo para el más sabio, el más poderoso y el más afortunado de los hombres, pero privado de una revelación.
Otra gran característica marca una diferencia entre el predicador y el primer Adán antes de su caída.
Este último, mientras no tenía el conocimiento del bien y del mal, no sufría.
Su vida transcurría…
¿Cuánto tiempo duró?
En la prístina frescura de la inocencia y la felicidad de poseer sin ninguna restricción, salvo en una sola cosa, todo lo que podía desear de las cosas visibles.
En el Eclesiastés contemplamos al hombre en medio de las circunstancias que siguieron a la caída, pero con la facultad de gozar de todo lo que la tierra le presenta.
Sin embargo…
Vemos que la sabiduría de Salomón no le brinda allí ninguna satisfacción.
Todo es aflicción de espíritu, la corrupción se encuentra mezclada en todo, hay un gusano en el corazón del más hermoso fruto y el predicador afirma estas cosas al final de su vida (Eclesiastés 7:25-29).
En esas condiciones, conocer equivale a sufrir, es lo que aprendemos en este libro en toda su extensión.
Finalmente, la sabiduría misma hace descender a este hombre a su propio corazón, pues Dios puso el mundo en el corazón del hombre (Eclesiastés 3:11 JER 1976) (*3), y éste… descubre también allí la insensatez y la vanidad.
El predicador, quien conoce a Dios y tiene temor de él, exhorta a los hombres a que también tengan ese temor, y aplica esta sabiduría a su propia búsqueda de la felicidad en este mundo, pero en lugar de felicidad, sólo encuentra tormento y amargura.
Podría esperarse que, consciente de su sabiduría, hallara allí una compensación, pero él no pudo obtenerla.
No sólo que su sabiduría no pudo elevarse por encima del medio en que ella se ejercía, sino que su sabiduría misma se limitaba al presente, condenada a olvidar mucho del pasado por no haber podido sentirse completamente satisfecho, y en cuanto al porvenir, la sabiduría se encontraba ante una puerta cerrada, una puerta que sólo la revelación podía abrirle y tras la cual el más allá permanece como un secreto para la sabiduría a causa de que ésta no había recibido una revelación.
Esta puerta cerrada es la que tan a menudo da una apariencia racionalista a las experiencias del predicador.
Poseemos tres libros escritos por Salomón.
En el libro de los Proverbios, la sabiduría misma, en la cual por momentos reconocemos a Cristo, la sabiduría eterna personificada, toma al joven por alumno al principio de su carrera.
Ella obra como un maestro para conducirlo, bajo la mirada de Jehová -del Dios que se le ha revelado- por todos los caminos en los cuales el alumno puede honrarlo, apartándose… del Seol abajo (Proverbios 15:24).
Así, el joven, conducido por la sabiduría, mantiene puro su camino, prevenido por la palabra, es decir, por la revelación directa de Dios.
En el Eclesiastés, como lo acabamos de ver, no hay nada parecido a esto.
La sabiduría de los Proverbios conduce al hombre hacia la luz, la luz del Eclesiastés lo introduce en las tinieblas del hombre, en medio de todo lo que sucede… debajo del sol.
Además, entre estos dos libros, existe una diferencia digna de notarse cuando nos proponemos escribir sobre el Eclesiastés.
El libro de los Proverbios finaliza alabando a la mujer virtuosa, fuerte y sabia.
Ella es alabada -ésta es casi la última palabra que leemos en este libro- porque teme a Jehová y no busca ni la gracia ni la hermosura, las cuales son vanidad. (Proverbios 31:30)
De manera que Proverbios no insiste en la vanidad, porque el temor de Jehová caracteriza a la mujer virtuosa y corre como un hilo de oro en la trama del libro entero (Proverbios 1:7 - Proverbios 2:5 - Proverbios 8:13 - Proverbios 10:27 - Proverbios 14:26, 27 - Proverbios 15:16, 33 - Proverbios 16:6 - Proverbios 19:23 - Proverbios 22:4 - Proverbios 23:17 - Proverbios 31:30).
El Eclesiastés llega al fin de su discurso, y el tema con que concluye el libro es el temor de Dios (Eclesiastés 12:13), pero solamente después de haber experimentado las amargas decepciones de aquel que corre tras la felicidad y la alegría.
En este libro no es un hilo de oro el que atraviesa toda su trama, sino un hilo negro y este hilo negro es la vanidad.
El Cantar de los Cantares difiere totalmente de los dos libros precedentes.
De un extremo al otro se trata del cántico alternado del amor.
Nos habla de las relaciones restablecidas entre Cristo, el esposo, e Israel, su esposa, basadas en un deseo mutuo, después de haberse manifestado el completo fracaso de Israel, nación que no guardó su viña.
La esposa sabe que ella es de su amado y que su amado es de ella.
Su sabiduría consiste en conocer el amor.
Amén.
Dios Te Bendiga.
(*1) Es diferente en el libro de los Proverbios.
(*2) Como sucedió con Adán después de la caída.
(*3) La traducción de … eternidad en el corazón (RV 1960), aunque tenga sus defensores, parece no concordar con todo el pensamiento del Eclesiastés, el cual se mantiene fuera del dominio espiritual y sólo considera la persistencia de las cosas presentes con su desconsolante conclusión, la eternidad en el corazón jamás podría llevar al hombre a concluir que todo es vanidad.
“… y ha puesto eternidad en el corazón de ellos”. (RV 1960)
“… y aun el mundo dió en su corazón”. (RV 1909)
“… puso además en la mente humana la idea de lo infinito”. (DHH 1996)









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