01 enero 2006

El Predicador II ©


* Capítulo 1 de Eclesiastés.

Como lo he dicho al comienzo, en este libro Salomón toma el carácter de un predicador.

Él deseaba que sus oyentes aprovecharan lo que había experimentado por medio de la sabiduría que Dios le dio.

No se contentó con ejercer dicha sabiduría para gobernar a su pueblo, aunque la había pedido a Dios para ello (2 Crónicas 1:9-12).

Leamos, pues, qué hizo con lo que había recibido de Dios…

“Y Dios dio a Salomón sabiduría y prudencia muy grandes, y anchura de corazón como la arena que está a la orilla del mar. Era mayor la sabiduría de Salomón que la de todos los orientales, y que toda la sabiduría de los egipcios. Aun fue más sabio que todos los hombres, más que Etán ezraíta, y que Hemán, Calcol y Darda, hijos de Mahol; y fue conocido entre todas las naciones de alrededor. Y compuso tres mil proverbios, y sus cantares fueron mil cinco. También disertó sobre los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared. Asimismo disertó sobre los animales, sobre las aves, sobre los reptiles y sobre los peces. Y para oír la sabiduría de Salomón venían de todos los pueblos y de todos los reyes de la tierra, adonde había llegado la fama de su sabiduría”. 1 Reyes 4:29-34.

Esto es lo que lo había convertido en el predicador.

Además, todas las cosas estaban a su disposición… todo lo que las riquezas podían adquirir, todo lo que el poder podía obtener y todo lo que la sabiduría podía sondear y apropiarse.

Él había saboreado todos los goces, había escudriñado todas las obras de Dios y había conocido las leyes que regulan la vida de los hombres y el orden del universo.

Por lo tanto no tenía ninguna razón para quejarse del mundo (2 Crónicas 9:22-24).

Desde el principio, según la usanza de los predicadores, él indica su tema y establece su texto…

“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Eclesiastés 1:2.

Luego, a lo largo de todo el libro, trata este tema en detalle para llegar finalmente a la conclusión, a la suma de todas las experiencias que acumuló…

“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad”. Eclesiastés 12:8.

¡Vanidad!

Un soplo, una sombra que pasa, una existencia sin un mañana… la vida del efímero ser alado que vive apenas un día.

“¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?”. Eclesiastés 1:3.

Presenta la pregunta que será desarrollada en todas sus facetas en el curso de este libro, porque él toma al hombre empeñado en los asuntos de la vida, ocupado, habituado al trabajo y a una actividad a menudo devoradora e insaciable.

Los versículos del 4 al 11 del capítulo 1 de Eclesiastés, nos brindan la respuesta a esa pregunta…

“Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece”.
Eclesiastés 1:4.

El hombre, el único ser inteligente, no permanece, mientras que la tierra permanece y el curso de la naturaleza es inmutable.

Ella sigue leyes fijas, siempre iguales y que se repiten sin cesar.

La mente se fatiga intentando comprender ese trabajo continuo, se afana por ver, escuchar y conocer, hasta que, finalmente, regresa siempre al mismo punto… comprueba que nada hay nuevo debajo del sol, y que aun la memoria de las cosas pasadas se borra invariablemente.

Veamos los versículos del 12 al 15 del capítulo 1 de Eclesiastés.

El predicador se esforzó en sondear y comprender estas cosas, tenía a su disposición dos medios para explorar todo lo que se hace debajo de los cielos… un poder real que ninguno pudo igualar y una sabiduría de origen divino que superaba a todas las demás.

Todos los trabajos que se hacen debajo del sol pasaron ante sus ojos y su inteligencia reparó en ello.

Como resultado de ese sondeo llegó a la conclusión de que todo es vanidad, una persecución que jamás puede alcanzar lo que intenta asir.

¿Habrá algún medio para atrapar el viento?

“Lo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarse”. Eclesiastés 1:15.

Es decir, el mal está presente y todo se encuentra deformado, esto constituye el obstáculo que impide obtener un conocimiento fructuoso.

A consecuencia del pecado, los eslabones de la cadena de las cosas están dispersos.

Por todas partes se presentan lagunas y no se encuentra ningún medio para llenar esos vacíos.

De modo que, desde el principio de la investigación, el hecho de que -a pesar de la regularidad de sus leyes- el mundo sea una ruina, constituye el obstáculo que impide obtener todo conocimiento y goce verdaderos.

Veamos los versículos del 16 al 18 del capítulo 1 de Eclesiastés.

En tal estado de cosas… por un lado, la persistencia de un orden regular en la creación y, por otro, el desorden introducido por el pecado, el predicador se esforzó en sondear, por una parte, lo que es conforme a la sabiduría y, por otra, el desvarío y la locura que han turbado este orden, y conoció que… aun esto era aflicción de espíritu (o correr tras el viento).

Pero la felicidad que esperaba alcanzar mediante este conocimiento se vio convertida en tristeza y dolor.

“Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor”. Eclesiastés 1:18.

¿Cómo podría alegrarse el sabio cuando, a pesar de lo que subsiste de la maravillosa creación de Dios, ve que todas las cosas materiales y morales que debían ser bellas, se encuentran ajadas y corrompidas por el mal?

Y esto es lo que experimenta todo hombre sabio.

En medio del naufragio producido por el pecado, el hombre mismo sólo subsiste como un derrelicto, como los tristes restos de una nave destrozada, que evoca sus bendiciones pasadas.

Así, pues, a pesar de la regularidad de los fenómenos de la naturaleza, en ella todo se encuentra en un trabajo continuo.

No hay reposo para el hombre y para completar el cuadro del estado en que se halla, es manifiesto que la vanidad de todo y el olvido de las cosas pasadas caracterizan a este ser.

Además, es incapaz de remediar todo esto, pues no puede enderezar lo torcido.

* Capítulo 2 de Eclesiastés.

Antes de continuar este estudio, recordemos que, para el predicador el más allá y lo invisible le son totalmente extraños y aquí son considerados como desconocidos, pues ellos sólo pueden ser conocidos mediante una revelación divina y el objetivo del Espíritu de Dios en este libro es, precisamente, hacernos considerar todo lo que está… debajo del sol, fuera de esa revelación.

Por tanto, salvo el conocimiento de Dios, del Dios soberano, privativo del hombre que no se halla degradado por la idolatría, aquí la sabiduría sólo puede considerar las cosas visibles.

Veamos los versículos del 1 al 3 del capítulo 2 de Eclesiastés.

En el capítulo 1, para adquirir el conocimiento que mencionó el predicador, se entregó al goce y a las comodidades de la vida.

Pero he aquí que el sabio descubrió que la risa enloquece y al placer dijo.

- ¿De qué sirve esto?

- ¡No tenía meta ni objeto!

- ¿Podría quizás buscar el bien en la locura?

- ¿No está escrito en los Proverbios?

“Dad… el vino a los de amargado ánimo. Beban, y olvídense de su necesidad, Y de su miseria no se acuerden más”. Proverbios 31:6, 7.

Es lo que el sabio intentó hacer, en la medida que le permitiera no entregarse a ello y guardar intacta la sabiduría que Dios le había dado.

Pero halló que todo esto es vanidad, vacío, pasajero y sin provecho para los hombres.

Entonces…

En los versículos del 4 al 11 del capítulo 2 de Eclesiastés, vemos que el predicador probó todo lo que el poder real y la fortuna podían brindarle.

Hizo grandes obras que producían placer a los ojos y le hacían sentir la felicidad de poseerlas, edificó palacios y jardines, puso de relieve la naturaleza, realzó la cultura, poseyó rebaños, se interesó en la agricultura y sus productos, tuvo un mundo de siervos y siervas, amontonó plata y oro con profusión y todas las riquezas de las provincias afluían a sus tesoros, cultivó la música y el canto que elevan el alma a las regiones serenas, experimentó la satisfacción de los sentidos en el amor terrenal, el crecimiento del poder... en una palabra, todo lo que Salomón podía desear lo había obtenido con su magnificencia real y, además de esto -dice él- conservé conmigo mi sabiduría.

Pero añade…

“Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu (o correr tras el viento), y sin provecho debajo del sol”. Eclesiastés 2:11.

Veamos los versículos del 12 al 19 del capítulo 2 de Eclesiastés.

Sin duda, la sabiduría tiene una ventaja sobre la locura…

¿Quién podría discutirlo?

El sabio está en la luz y ve, el necio se encuentra hundido en las tinieblas y camina en ellas.

Sin embargo…

¡Ambos corren la misma suerte!

¿Qué provecho hay pues en ello?

La muerte llega y alcanza tanto al sabio como al necio.

El gusano destructor está en la raíz de todo goce.

(Eclesiastés2:16 - Eclesiastés 3:19, 20 - Eclesiastés 5:15 - Eclesiastés 6:6 -Eclesiastés 9:3)

Y notemos aquí que la muerte, en el Eclesiastés y según el plan que presenta este libro en toda su extensión, no conduce al más allá, sino que separa del presente, de todos los frutos del trabajo, en el momento en que el hombre se dispone a cosecharlos.

¿Qué provecho tiene esto?

Por ello el sabio exclama…

“Aborrecí, por tanto la vida, porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa; por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu (o correr tras el viento)”. Eclesiastés 2:17.

Y añade…

“Asimismo aborrecí todo mi trabajo que había hecho debajo del sol”.
Eclesiastés 2:18.

¡Si al menos su heredero pudiera hacer buen uso de lo que él le habrá de legar!

Pero no… el trabajo del sabio se convierte en la herencia del necio.

Veamos los versículos del 20 al 23 del capítulo 2 de Eclesiastés.

Estas consideraciones conducen al predicador a la completa desesperanza.

El trabajo más afanoso, la obra más productiva del hombre, sólo le aporta a todos sus días dolor y molestia y hace que ni aun de noche halle reposo para el corazón.

Así, capítulo tras capítulo, se repite este desconsolador lamento, esta constante y renovada comprobación de que todo es vanidad, hasta que finalmente el sabio pueda hallar la última palabra, el último confín de todos los caminos a través de los cuales Dios lo hace pasar.

Veamos los versículos del 24 al 26 del capítulo 2 de Eclesiastés.

Sin embargo…

Aún existe una consecuencia del gobierno de Dios, la cual consiste en que él da sabiduría, conocimiento y gozo a aquel que le agrada, y que añade a ello, tal como se lo concedió a Salomón, el goce material de los bienes de este mundo… comer, beber y aprovechar de su trabajo, mientras que el pecador está obligado a recoger y amontonar para aquel que agrada a Dios.

Pero este orden establecido por el gobierno de Dios…

¿Tiene consecuencias duraderas?

“… También esto es vanidad y aflicción de espíritu (o correr tras el viento)”. Eclesiastés 2:26.

* Capítulo 3 de Eclesiastés.

Después del tema que el predicador ha desarrollado en los dos primeros capítulos de este libro, parece que ahora aborda un nuevo asunto.

En los versículos del 1 al 8 del capítulo 3 de Eclesiastés, comienza estableciendo que la actividad humana es una sucesión de contrastes, de cosas opuestas, que unas tras otras, llegan a su tiempo.

Las dirige una voluntad oculta.

El pecado se manifiesta por todas partes… la muerte, la destrucción, el homicidio, las ruinas, los llantos, las lamentaciones, las lapidaciones, los odios y las guerras.

Por otra parte, también se manifiesta una tendencia opuesta… hay brechas restauradas, dolores mitigados y heridas sanadas.

Todas estas cosas se suceden, los tiempos y las sazones son reguladas para que en este pobre mundo se mantenga el equilibrio.

El mundo no es una mezcla del mal y del bien -como algunos enseñan- porque está completamente hundido en el mal, y esto es lo que comprobará el predicador mediante su propia experiencia.

El mundo es una escena llena de mal, pero esto no quita a Dios el privilegio de modificar el orden de las cosas, sirviéndose del hombre para reedificar lo que él mismo ha destruido o bien para destruir lo que estaba reedificado.

Así, cada cosa llega a su tiempo.

Era muy importante comprobar que si, del lado del hombre todo es vanidad (Eclesiastés 2:26), a su tiempo Dios puede servirse del hombre mismo para aplicar remedios sobre las heridas o para introducir el bien en medio del mal.

En resumen, aquí hallamos otro aspecto del mundo, un aspecto diferente del que nos muestra el capítulo 1 de Eclesiastés.

Allí se nos hablaba de la repetición regular de todos los fenómenos de la creación, que se suceden en un círculo uniforme que da lugar a la aparición de un fenómeno nuevo.

En estos versículos, Dios nos hace presenciar una obra de destrucción y de reconstrucción que se efectúa con regularidad en un mundo donde, desde el principio, el pecado lo arruinó todo, pero donde la divina providencia se sirve del hombre para mantener el equilibrio actual, mientras no haya sonado la hora de la destrucción final.

Veamos los versículos del 9 al 11 del capítulo 3 de Eclesiastés.

Ahora se presenta la pregunta…

¿Por qué toda la actividad muy real del hombre no produce nada?

La respuesta es ésta… en el principio Dios hizo todo bello, luego puso al hombre en el centro de su creación, con la facultad de escudriñarla y de dominarla.

“… también ha puesto el mundo en sus corazones”. (JER 1976)

El corazón del hombre vino a ser así un microcosmos en medio de esa inmensidad, un pequeño mundo en el cual se refleja la creación entera.

Ahora…

¿Cuál es el resultado de esa belleza inicial y de todo ese orden establecido por Dios?

Al entrar el pecado, la creación se arruinó, el mundo aún permanece en el corazón del hombre, pero éste, en medio del desorden producido por el pecado, ya no es capaz de concebir el orden según Dios.

“… sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”. Eclesiastés 3:11.

Veamos los versículos del 12 al 17 del capítulo 3 de Eclesiastés.

Frente a esta incapacidad producida por el pecado, el predicador vuelve a expresar lo que dijo al comienzo.

“… no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida; y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor”. Eclesiastés 3:12, 13.

En el capítulo 2 de Eclesiastés, versículo 24, había llegado a la misma conclusión, y no lo niega.

Esa alegría estaba establecida para el hombre puesto en la creación, donde Dios le había dado todas las cosas para que las gozase.

Todo lo que Dios hace es inmutable y permanente.

Es lo que el predicador había reconocido desde el comienzo (Eclesiastés 1:4-7).

Nada ha de ser añadido sobre ello y nada le ha de ser quitado.

Este orden completo y magnífico tenía por objeto establecer en el corazón del hombre el temor del Dios creador.

“… lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres”. Eclesiastés 3:14.

Veamos los versículos 16 y 17 del capítulo 3 de Eclesiastés.

Pero he aquí que todo está arruinado por el pecado.

Debajo del sol, en lugar del bien se halla la impiedad, el temor de Dios no existe más en el corazón del hombre, la justicia no reina.

Entonces…

¿Qué sucederá?

Pues que Dios juzgará al justo y al impío.

De modo que, sin tener una revelación concreta, el hombre sabio, colocado frente al enigma del mundo, debe llegar a esa conclusión.

Este hombre sabio conoce a Dios, conociéndolo, tiene temor de él, temiéndolo, sabe que Dios no puede soportar el mal y que un día debe juzgar al hombre, encuéntrese éste en la condición que se encuentre, sea justo o impío.

Para saber esto no necesita una revelación.

¿No se lo dicta la conciencia natural del hombre caído?

Vemos que Adán se escondió de la presencia de su juez, y que un pobre pagano idólatra intenta apaciguarla.

Veamos los versículos del 18 al 22 del capítulo 3 de Eclesiastés.

Y ahora nos hallamos frente a una comprobación desoladora, pero que no excluye de ningún modo el juicio de Dios.

¿De dónde proviene el hecho de que el hombre siga el mismo camino que las bestias?

Al principio…

¿Estaba sometido a la muerte?

¿Tiene alguna ventaja sobre las bestias?

No, el hombre vuelve al polvo como ellas.

Es el fruto del pecado, como todo lo que nos presenta este capítulo (Génesis 3:19).

La sabiduría que carece de una revelación se encuentra limitada a este pensamiento.

No puede decir si el espíritu del hombre… sube y el de las bestias… desciende a la tierra.

Esta simple pregunta hace que la sabiduría del hombre se enfrente a un obstáculo infranqueable, ya que él no puede responderla, pues no puede sondear ni aun el porvenir más cercano.

Dios lo ha ordenado así para probar al hombre y para hacerle palpar la causa de tanta miseria e ignorancia.

Por lo tanto, lo único que puede hacer el hombre es… alegrarse en su trabajo, porque esta es su parte frente a un porvenir cuya visión le está completamente cerrada, salvo en lo que respecta al juicio.

* Capítulo 4 de Eclesiastés.

El problema del mal en el mundo y en el corazón del hombre continúa desarrollándose en los primeros versículos del capítulo 4.

En los versículos del 1 al 3 del capítulo 4 de Eclesiastés, el predicador se vuelve para mirar todos los horrores que se cometen debajo del sol, tal como lo había hecho también en el capítulo 2 de Eclesiastés, versículo 12 para ver la sabiduría y la locura.

¿No hemos visto también en nuestros días las escenas que están descritas aquí?

La opresión, las lágrimas y la desesperación de los oprimidos, la fuerza brutal que se ejerce sobre las víctimas, sin que haya quien los consuele...

¿No vemos también nosotros todas estas cosas?

¡Dichosos los muertos, y aún más felices los que nunca han sido!

Estos últimos al menos no han visto la actividad del mal que se produce a plena luz del día.

Apresurémonos a decir que el creyente jamás se expresará de esta manera.

Esto no significa que no sienta profundamente un santo horror por el mal, sino que atraviesa estas cosas con paciencia, sin esperar que el Señor lleve a cabo en la tierra cosa alguna de las que constituyen su esperanza.

El creyente vive en una esfera celestial, completamente cerrada para el predicador, porque éste había recibido la tarea de justipreciar mediante la sabiduría las cosas presentes, en un mundo mancillado por el pecado, a fin de mostrar si de tal mundo se puede obtener algún provecho.

Veamos el versículo 4 del capítulo 4 de Eclesiastés.

A continuación, el sabio examina no solamente el trabajo del hombre, sino la habilidad que éste despliega en su obra, y he aquí que no encuentra nada en todo este esfuerzo, sino la envidia del hombre contra su prójimo, la envidia que lo impulsa a intentar superar y sobrepujar a sus competidores para que ellos no gocen de las mismas ventajas que él.

¡Esto también es el fruto del pecado, vanidad y correr tras el viento!

Este pensamiento lo conduce a examinar las diferentes formas de la actividad humana en el mundo. (Versículos del 5 al 12 del capítulo 4 de Eclesiastés)

Lo que acaba de decirse no excluye el hecho de que en tal actividad haya cosas provechosas englobadas en principios que, según el gobierno de Dios, tienen felices consecuencias.

¿Qué descubre el sabio en este dominio?

Primero encuentra al que tiene las dos manos vacías (Eclesiastés 4:5), al perezoso que se destruye a sí mismo (Isaías 49:26).

Luego ve la posibilidad de obtener sólo un fruto mediocre de su actividad, pero valora el descanso, finalmente considera a aquel que tiene las dos manos llenas con trabajo y la persecución de aquello que jamás podrá alcanzar (Eclesiastés 4:6).

En los versículos 7 y 8 del capítulo 4 de Eclesiastés, el predicador se vuelve de nuevo y descubre la vanidad del hombre que trabaja sin cesar, que consigue ser rico pero permanece solo.

Su vida no tiene meta, no tiene sucesor, ni hijo, ni hermano, no tiene ni un átomo de felicidad.

¡Qué ingrata y vana ocupación!

Veamos los versículos del 9 al 12 del capítulo 4 de Eclesiastés.

En contraste con esa soledad -pues el sabio tiene la capacidad de apreciar todo principio útil y bueno en la actividad humana- él estima valiosa la asociación en el trabajo y la contrasta con el trabajador solitario del que acaba de hablar.

“Mejores son dos que uno; porque tiene mejor paga de su trabajo”. Eclesiastés 4:9.

Ellos se relevan uno al otro, se calientan mutuamente a la hora de dormir, se prestan ayuda en la lucha y en la resistencia.

Pero mucho más, el hombre necesita una triple fuerza, pues tres es la cifra divina.

“… cordón de tres dobleces no se rompe pronto”. Eclesiastés 4:12.

Los creyentes disponemos de esta cifra tanto para la lucha como para el servicio.

“… habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo”. 1 Tesalonicenses 5:8.

Veamos los versículos del 13 al 16 del capítulo 4 de Eclesiastés.

Cuando se trata del gobierno de los hombres, la juventud y la pobreza, pero con sabiduría, son preferibles al poder y a la vejez desprovista de inteligencia y que no admite consejos.

Este hombre… viejo y necio es comparable al siervo y al pobre indebidamente revestido de la dignidad real.

¡Cuántos ejemplos similares se ven en la historia de los reinos!

Pero incluso el éxito del joven que viene tras el viejo rey no es duradero.

La complacencia del pueblo es inestable.

De esta manera, desde el versículo 5 del capítulo 4 de Eclesiastés, el final de este capítulo constituye la parte de lo que puede ser moralmente provechoso en los asuntos humanos pero, no obstante y a pesar de todo, llega a la conclusión de que… esto es también vanidad y aflicción de espíritu.

* Capítulo 5 de Eclesiastés.

Veamos los versículos del 1 al 12 del capítulo 5 de Eclesiastés.

Al considerar a primera vista la estructura de este libro, la parte proverbial del Eclesiastés -en la cual nos introducimos ahora y que alcanzará su plena expresión en los capítulos 10 y 11 de Eclesiastés- podría hacernos pensar que carece de continuidad con los capítulos anteriores.

Pero para convencernos de lo contrario, basta con notar que la palabra vanidad domina tanto en esta parte proverbial como en el discurso que hayamos al comienzo.

Efectivamente, todas las sentencias del Eclesiastés finalizan con esa palabra.

Los versículos del 1 al 7 del capítulo 5 de Eclesiastés, prosiguen el curso de los pensamientos presentados en los versículos 5 a 16 del capítulo precedente, es decir, que forman parte de lo que, debajo del sol, puede estar en concordancia con los pensamientos de Dios.

Estos textos nos enseñan lo que pertenece al temor de Dios en medio de las vanidades de la tierra (Eclesiastés 5:7).

Tal como lo he dicho, el temor de Dios forma parte de los objetivos del Eclesiastés.

Este principio es, incluso, el único que dirige la conducta del sabio en un mundo en el que todo es vanidad y correr tras el viento.

La necesidad de tal temor se encontraba enunciada ya en el capítulo 3 de Eclesiastés, versículo 14, las últimas palabras de este libro nos mostrarán que ello… es el todo del hombre.

Efectivamente, eso es lo único que debía caracterizar al hombre que, aun cuando estaba en relación con Dios por medio de la fe, todavía no había recibido una revelación concreta de parte de él.

En estos primeros versículos hallamos cómo deben ser las relaciones entre Dios y el hombre, cuando éste se acerca a él en su casa.

En primer lugar, lo que el hombre debe hacer es escuchar lo que Dios tiene que decirle.

Esta actitud contrasta con la de los necios, los cuales ignoran el carácter de Dios y van allí a ofrecer sacrificios que no tienen ningún valor ante sus ojos.

Luego (Eclesiastés 5:2, 3), leemos que el temor de Dios nos hará proferir pocas palabras ante aquel que está en los cielos.

El necio hará exactamente lo contrario.

Finalmente (Eclesiastés 5:4-7), es necesario cumplir toda promesa que se hace, es decir, es preciso materializar toda decisión tomada libremente, de consagrarse a Dios y de servirlo sin restricciones.

Es pecado el hecho de que después de haber pronunciado una promesa se desdiga, poniendo como pretexto que fue un error involuntario cometido delante del ángel, quien fue testigo de ello.

El necio hace tales cosas.

El que teme a Dios no revoca la palabra con que se comprometió ante él.

Todas las relaciones con Dios se resumen en esta sola palabra… temor.

No debemos olvidar que existen vanidades, incluso en la pretensión de haber recibido comunicaciones directas de parte de Dios (mediante sueños) y que a menudo los sueños, en lugar de ser una comunicación de Dios, son el fruto de la mucha ocupación que se tuvo durante el día (Eclesiastés 5:3, 7).

Los versículos 8 y 9 del capítulo 5 de Eclesiastés, se relacionan con los tres primeros versículos del capítulo 4 de Eclesiastés.

El sabio no ha de sorprenderse cuando ve que se oprime al pobre y se pervierte el derecho, pues Dios considera todas las injusticias que se cometen en el mundo, y él es el juez supremo (Salmo 11:5).

Los versículos del 9 al 17 del capítulo 5 de Eclesiastés, acentúan nuevamente la vanidad de las riquezas y del amor al dinero, en contraste con el cultivo del suelo.

El aumento de los bienes hace que también se incremente el número de aquellos que los comen.

El hombre que posee tales bienes, jamás puede gozar del reposo, mientras que éste es dulce para aquel que trabaja, aunque materialmente no se encuentre en una posición holgada.

Todo este pasaje, desde el versículo 4 del capítulo 4 de Eclesiastés, nos muestra, juntamente con el mal y la opresión que reinan en el mundo, ciertas consecuencias dichosas de una conducta que está de acuerdo con los principios del gobierno de Dios.

Veamos los capítulos 5:13 al 6:12 de Eclesiastés.

Desde el versículo 13 del capítulo 5 de Eclesiastés, hasta el final del capítulo 6 de Eclesiastés, el predicador vuelve a tratar el tema del mal doloroso que ha visto debajo del sol y que describe en el capítulo 4 de Eclesiastés, versículos 1 al 3.

Veamos los versículos del 13 al 17 del capítulo 5 de Eclesiastés.

Las riquezas sirven para detrimento de aquellos que las poseen (no olvidemos que, para los judíos, las riquezas eran una señal del favor de Dios).

O bien tales riquezas perecen, y a los hijos que debían heredarlas no les queda nada, o, finalmente, el rico las abandona a causa de su muerte y parte desnudo, como cuando salió del vientre de su madre.

Nace y muere, y lo que vive entre su nacimiento y su muerte no es más que tinieblas, afán, dolor y miseria.

Finalmente (Eclesiastés 5:18-20), hallamos por tercera vez (Eclesiastés 2:24, 25 - Eclesiastés 3:12, 13) el epílogo de todas estas amargas y dolorosas experiencias.

“He aquí, pues, el bien que yo he visto: que lo bueno es comer y beber, y gozar uno del bien de todo su trabajo con que se fatiga debajo del sol, todos los días de su vida que Dios le ha dado; porque esta es su parte”. Eclesiastés 5:18.

No existe para el hombre otra cosa que este corto goce presente, pues el único recuerdo que él guarda consiste en evocar sus penas y trabajos, y como el porvenir le es desconocido, no puede ser mencionado.

Sólo al final del libro vemos a dónde conduce tal gozo.

* Capítulo 6 de Eclesiastés.

Este capítulo es la continuación del capítulo precedente.

Prosigue describiendo el cuadro del mal doloroso que se ve debajo del sol.

Veamos los versículos del 1 al 6 del capítulo 6 de Eclesiastés.

Se contempla a aquel rico colmado de bienes, y al cual no le falta nada de todo lo que desea, pero Dios no le ha dado la facultad de disfrutar de ellos y los disfruta un extraño.

Se ve a un hombre que tiene una numerosa posteridad y que llega a una edad avanzada.

Éste no se sacia de bienes como el primero y he aquí que al morir carece de sepultura y ni siquiera halla reposo para su cuerpo.

Aunque llegase a vivir dos milenios, nunca podría ver la felicidad.

El final de ambos es la muerte.

Ciertamente, la parte de un abortivo, el cual nunca ha visto el sol, es más dichosa que la de ellos.

Veamos los versículos del 7 al 12 del capítulo 6 de Eclesiastés.

Así como lo hizo antes, el predicador llega a la conclusión de que todo el trabajo del hombre acaba en un goce material, sin que su deseo quede satisfecho.

El sabio no tiene ventajas sobre el necio, la ciencia para orientar su vida no le otorga superioridad sobre los otros hombres.

¿Adónde conduce todo esto?

La vida vale más que el deseo.

Este último también es vanidad y correr tras el viento.

La vanidad se multiplica con sus objetos, el hombre mismo pasa como una sombra.

“¿quién enseñará al hombre qué será después de él debajo del sol?”. Eclesiastés 6:12.

Nuevamente, en el Eclesiastés, el más allá permanece invisible y completamente cerrado al hombre.

Una absoluta incertidumbre lo rodea por todas partes: todo es vanidad.

Continúa en… El Predicador III ©

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